martes, 14 de agosto de 2018

Por qué no hay que derogar la reforma laboral, sino profundizar en ella

Desde que se aprobó la reforma laboral (Real Decreto-ley 3/2012) casi toda la izquierda de nuestro país (partidos políticos, sindicatos y actores sociales varios) ha mostrado su rechazo continuo a dicha reforma llevada a cabo por el Gobierno de Mariano Rajoy. Tan solo parte de la izquierda moderada, esa que deja los dogmas a un lado y analiza objetivamente, lo ha apoyado tímidamente.
Dicha reforma laboral tiene como objetivo principal, según la propia exposición de motivos de la ley, “establecer un marco claro que contribuya a la gestión eficaz de las relaciones laborales y que facilite la creación de puestos de trabajo, así como la estabilidad en el empleo”. Había que poner soluciones al alto nivel de desempleo que existía en España por aquel entonces (22.85%, EPA IV Trimestre 2011), el cual es característico de nuestro país, ya que la tasa media de desempleo desde la Transición supera el 15%. Para ello, ponía encima de la mesa mecanismos que liberalizaran en cierto modo (aunque no del todo) el mercado laboral español, uno de los sectores más intervenidos por el poder político y la Administración Pública en nuestro país.
Ya sabemos que en política hay mucha diferencia entre la propaganda y la realidad. Y en la propaganda se mueven como peces en el agua dichos actores políticos y sociales de izquierdas de nuestro país. Es por ello que no han dudado en utilizar la manipulación y la mentira en referencia al empleo y el mercado laboral en España durante el último gobierno del PP.
¿Tan mala ha sido la reforma laboral para el desempeño laboral en España? Para responder esta pregunta comparemos el nivel de empleo, desempleo, temporalidad y salarios en la burbuja económica (2007), cuando Rajoy llegó a la Moncloa (2011) y cuando Rajoy se ha ido (2018).
En términos macroeconómicos se puede observar una mejoría, tanto en aumento del nivel de empleo (ocupados) como en reducción del nivel de desempleo. Es verdad que queda camino por delante, pero el escenario para alcanzar cotas aún mejores de los datos del mercado laboral no puede ser el mismo escenario con el que se destruyeron más de 3 millones de empleos.
Por su parte, los salarios se han comportado de manera rígida hasta la reforma laboral, en gran parte por la presencia de convenios colectivos que no hacían posible la moderación salarial. Esto hizo que se destruyera empleo de forma masiva durante los primeros años de la crisis económica. La explicación es sencilla: si la actividad económica se reduce y las empresas no pueden moderar los salarios, tomarán el camino de ajuste de empleo vía ajustes de plantilla, despidiendo a trabajadores.
La evolución salarial ha sido dispar durante la crisis, ya que en una primera etapa hasta 2009, y en parte 2010 y 2011, los salarios siguieron subiendo ajenos a la intensa destrucción de empleo. Como indica Daniel Lacalle en su libro ‘Acabemos con el paro’: “entre los años 2007 y 2011 casi 3.5 millones de ocupados perdieron su empleo. Mientras, los incrementos salariales pactados en convenios colectivos alcanzaron una media del 2.9% en el periodo 2007-2011”. Todo un despropósito.
El peso de la remuneración de los asalariados en el PIB llegó a subir al 51% en 2009 para comenzar a caer en 2010 y tocar suelo en 2013 en el 47.3% del PIB. Desde finales de 2013 y hasta ahora, este indicador muestra una estabilidad que viene determinada por la evolución favorable del empleo. Pese a lo que dicen algunos, los salarios sobre el PIB no han caído mucho desde la reforma laboral y, de hecho, pese a caer en 2017, el resultado ha sido el mismo que en 2013. En definitiva, el peso de las rentas salariales sobre el PIB ha caído poco más del 2% durante el gobierno de Rajoy, concentrándose dicha caída en los años 2012 y 2013.
Para ver cómo ha sido esa distribución salarial, se pueden observar los dos gráficos de abajo (gráfico 3 y gráfico 4), en los que se muestra la variación de la distribución del salario medio por decil de salario entre 2011 y 2016.
Pese a que el salario medio ha caído entre 2012 y 2015 en los deciles bajos y medios (del 1 al 6), se ve una mejoría en 2016, con la cual compensan las caídas de los años anteriores. Por su parte, los deciles más altos (del 7 al 10) se han comportado al revés: ha crecido el salario medio entre 2011 y 2015 para reducirse en 2016, aunque siguen estando por encima del nivel inicial.
El dilema del mercado laboral en una recesión es siempre el mismo: mantener el nivel de empleo con salarios menores o reducción de empleo con los mismos salarios. Cuando hay una crisis económica y un estancamiento o reducción de la actividad económica, no se puede esperar el mismo nivel de empleo con el mismo nivel de salarios. Relacionado con esto, los economistas Sergei Guriev, Biagio Speciale y Michele Tuccio llevaron a cabo una investigación en el mercado laboral italiano entre 2008 y 2013, donde comparan el comportamiento de los salarios y del nivel de empleo, tanto en la regulada economía “formal” como en la desregulada economía sumergida o “informal”. En dicha investigación los autores descubren que los salarios caen un 20% en la economía informal mientras que se mantienen constantes en la economía formal. Por su parte, el empleo en el mercado laboral formal disminuyó un 16% mientras que en el mercado laboral informal apenas varió. En resumen, la economía formal (regulada) ajusta el mercado de trabajo vía reducción de empleo mientras la economía informal (no regulada) lo ajusta vía reducción de salarios.
Y esto, en líneas generales y salvando las distancias, es lo que ha ocurrido en España. Antes de la reforma laboral, con una legislación laboral más rígida, se reducía el empleo mientras los salarios se mantenían constantes o aumentaban. Con la reforma laboral, el ajuste del mercado de trabajo se ha producido a través de la moderación salarial, conservando el nivel de empleo y recuperándolo poco a poco a medida que la economía se recupera. Así se puede comprobar en el siguiente gráfico.
Como explica Miguel Cardoso, en anteriores recesiones, debido a las rigideces que introducía el sistema de negociación colectiva, la respuesta ante una caída de la actividad económica se daba a través de la destrucción de empleo. Por otro lado, se asume que la mayor flexibilidad interna que otorgó la reforma laboral a las empresas ha permitido un ajuste más eficiente y menos traumático, en la medida en que ha salvado puestos de trabajo a cambio de moderación salarial.
Un análisis de BBVA Research (Los efectos de la flexibilidad salarial sobre el crecimiento y el empleo, 2016) explica que si el comportamiento de los salarios entre 2012 y 2015 hubiese seguido patrones similares a los de 2010-2011 (crecimiento del 4.5% en términos reales), en 2016 hubiésemos tenido cerca de 1 millón de empleos menos. Por otro lado, si el mercado laboral español hubiese contado con unas instituciones laborales más flexibles en el inicio de la crisis, se habría evitado la destrucción de cerca de 2 millones de empleos en el largo plazo y la tasa de desempleo a inicios de 2016 hubiera sido 8 puntos inferior (12,9 % frente al 20,9 % en IV Trimestre 2015).
En conclusión, se puede afirmar que la reforma laboral cambió la tendencia del mercado laboral español, pasando de reducción de empleo a moderación salarial. El escenario que se encontró Mariano Rajoy cuando llegó a la Moncloa no era el mejor. La reforma laboral frenó la sangría en la eliminación de empleo, aunque no lo hizo de primeras (las consecuencias de una política no es inmediata y la crisis económica de la Eurozona fue bastante dura). Poco a poco, con un mercado de trabajo algo más liberalizado, el empleo se va recuperando y el desempleo sigue bajando.
Aunque los actores sociales y políticos de izquierdas digan que hay que derogar la reforma laboral porque ésta ha aumentado la precariedad, es mentira, puesto que la temporalidad era mayor en la etapa de Zapatero, en plena burbuja. Pero ahí no importaba la precariedad: creíamos que el maná caía del cielo; aunque no era gratis y años después lo hemos ido pagando, y en algunos casos se sigue pagando en la actualidad. Hay que profundizar en la reforma laboral, que evite regresar al escenario anterior. Numerosos organismos internacionales, entre ellos el FMI y la OCDE, han coincidido en que la reforma laboral condujo a la moderación del crecimiento salarial, un aumento de la flexibilidad salarial, una desaceleración de las pérdidas de empleo y un crecimiento neto de empleo a partir de 2014.
Es por ello que no hay que volver atrás. Los que se quejan de la reforma laboral quieren un mercado laboral mucho más rígido: se quejan de la reducción salarial pero callan la inmensa destrucción de empleo anterior. Viven en una realidad paralela a la evidencia económica y laboral, la cual nos dice que aquellos mercados laborales más flexibles y liberalizados tienen salarios más altos y menores tasas de paro. Esto último es la enfermedad de nuestro país: una tasa de desempleo estructural muy alta.
El camino es liberalizar más y que sean empleados y empresarios quienes pacten condiciones de trabajo y que el Estado sea mero revisor del cumplimiento de dicho contrato. Alejarnos definitivamente de los convenios colectivos. Faltan reformas estructurales, que alejen el mercado laboral de la dinámica política y electoral del corto plazo y enfoque hacia el largo plazo, con un modelo productivo modernizado, tecnológico, exportador y de servicios. No podemos volver a un modelo laboral anticuado que destruye empleo. Derogar la reforma laboral de 2012 no es el camino para conseguir los retos que tenemos por delante en materia de empleo, entre otros.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Por qué la educación financiera es básica desde la infancia

Vivimos en un mundo en el que buena parte de nuestras decisiones, por no decir todas, están relacionadas con nuestra condición de "homo economicus", es decir, la aplicación práctica de los principios más sencillos del campo económico a nuestro día a día.
Es por ello que necesitamos de una buena educación financiera, incluso desde pequeños, que sirva de aprendizaje, para poder tener, el día de mañana, una salud financiera (igual de importante, por cierto, que la salud física) en las mejores condiciones posibles. Educar, desde el punto de vista de la enseñanza. Dar a conocer ciertos hábitos y técnicas, que aplicados a nuestra vida nos dan mejores resultados.
Por otra parte, el campo de las finanzas parece un mundo muy complicado, en el que si no sabes de economía o matemáticas financieras no tienes nada que hacer, pero la realidad es bien diferente. La economía y las finanzas, a una escala personal, nos afectan a todos en el día a día, desde la más temprana infancia (quién no recuerda la hucha).
Es por ello que desde edades tempranas debería comenzar esta educación financiera. Conozco a padres que enseñan a sus hijos lo importante de no malgastar las pequeñas cantidades que les dan sus familiares y que guardan en esa famosa hucha. La pedagogía sobre el dinero, cuanto antes mejor. Acostumbrarnos desde pequeños a términos y situaciones que nos encontraremos más mayores en nuestro día a día.
Según avanzamos en edad, podemos ir enseñando otros términos económicos que se van entendiendo mejor, como nóminas, tributos y algunos elementos económicos que nos acompañarán el resto de nuestra vida: IPC, inflación (¿qué es eso del "poder adquisitivo"?), etc. También otros elementos, como una tarjeta de crédito o una hipoteca. Es indignante ver que en la enseñanza secundaria y bachillerato, si no cursas la asignatura de Economía, no veas nada relacionado con todo esto. Años y años de educación "pública y de calidad" para salir 'desnudo' a la calle en educación económica y financiera.
A pesar de lo que algunos profesores, políticos y actores sociales puedan decir (siempre desde la óptica de defensa de lo "público"), la educación financiera desde la infancia no es negativa. Al contrario, es habituar al ser humano a un escenario en el que más pronto que tarde va a desarrollarse. Es crucial generar con el tiempo una independencia financiera y cuanto antes se enseñen los elementos económicos que nos ayuden a alcanzarla, mejor. La independencia financiera solo puede lograrse mediante ahorro y buenas decisiones de inversión (maximizar las curvas de indiferencia rentabilidad-riesgo de Markowitz) que nos permitan un grado de libertad (financiera y personal) mayor.
Se quejan de la educación financiera quienes nos quieren esclavos del Estado (relacionado con el síndrome de Estocolmo, presente en el Estado del Bienestar), quienes nos dicen que es mejor no aprender y formar nuestra propia economía personal, no alcanzar nuestros objetivos y depender de políticos y burócratas, que aplican policies a favor del interés general, algo falso a todas luces. Cuanta menor independencia financiera personal, mayor dependencia del Estado. Y eso conlleva un mayor servilismo político a quien más prometa de "lo público".
Es por ello que la propaganda de quienes se quejan de la educación financiera (y en particular, en niños pequeños) arremete contra la libertad económica y caricaturiza al sector privado. Nos quieren esclavos de un Estado que deje de ser Benefactor para ser Minotauro; y para ello manipulan sobre lo que sea necesario. Caricaturizan al empresario, dicen que el lucro es perverso (ellos deben trabajar gratis entonces) y no dudan en decir barbaridades sobre el ahorro y la inversión, aparte de manipular también sobre los grandes patrimonios (que nunca falte la falacia de asociar ricos con robo).
Es por ello que debemos plantar cara a quienes engañan con fines perversos, quienes manipulan términos económicos, quienes escriben la Historia a su gusto, falsificando hechos y datos. La educación financiera es una herramienta para vivir en un mundo más libre. Por eso la defendemos quienes defendemos la libertad. Los que prometen el cielo y nos traen el infierno con sus ideas políticas y económicas llevadas a la práctica, nos quieren siervos de su poder, manejar todo y decirnos que no hay vida más allá de ellos. No caigamos en la trampa.

miércoles, 11 de julio de 2018

Desmontando mitos: la desigualdad no se ha disparado con el gobierno de Mariano Rajoy

Si hay un mito que se extiende a lo largo y ancho de nuestro país en los últimos años, sobre todo en aquellos en los que la crisis hizo más daño y parecíamos destinados a un rescate por parte de las instituciones europeas, es el de la desigualdad. Una mentira repetida millones de veces no se convierte en verdad, aunque dicha mentira penetre el pensamiento crítico de la gente y se inocule en el pensamiento general como una verdad. Algo así ha ocurrido en estos años con la desigualdad en España. Medios de comunicación alineados con posiciones de izquierdas han descrito durante estos años una situación apocalíptica en cuanto a desigualdad y pobreza, la cual no se corresponde con la situación real.
Este mito se corresponde con la creencia generalizada de que la desigualdad se ha disparado durante los años que ha gobernado el Partido Popular, con Mariano Rajoy a la cabeza. La realidad, como ocurre en estos casos, es bien diferente. Tomando los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) del Instituto Nacional de Estadística (INE) se puede observar que la desigualdad creció durante la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero (PSOE), entre 2008 y 2011. Para ello se puede observar el coeficiente de Gini, el cual es definido como la “proporción acumulada de la población ordenada por los ingresos equivalentes con la proporción acumulada de los ingresos recibidos por los mismos”. Es una medida de desigualdad que toma el valor 0 en caso de equidad perfecta y el valor 100 en caso de desigualdad perfecta. El coeficiente de Gini en 2008 fue 32.4 y en 2011 fue 34.
¿Qué ha ocurrido en el periodo en el que ha gobernado Mariano Rajoy? La senda ha sido descendente en líneas generales, aumentando en 2014 hasta 34.7 y cayendo los últimos tres años. El último dato conocido, en 2017, es 34.1. La desigualdad no solo no se ha disparado en estos años, sino que ha caído. El mito no se sostiene por ninguna parte.
Aquellos que dicen luchar contra la desigualdad, ésta aumentó en su gobierno, por el aumento del desempleo principalmente. Aquellos a los que han achacado un escenario apocalíptico de desigualdad, se demuestra que no ha sido tal. Así es la política, demagogia y mentiras para crear relatos que permitan engañar a los votantes y poder asegurar un mayor número de votos en las próximas elecciones. No caigamos en la trampa.

viernes, 29 de junio de 2018

Colombia se libra de las garras del chavismo

El domingo 17 de junio se celebró la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Colombia. El país tenía que elegir entre Iván Duque y Gustavo Petro. Venció Duque con el 54% de los votos, por el 41.8% que consiguió el candidato de izquierdas.
Es digno de celebrar la derrota de Petro, el candidato que representa los ideales del chavismo en el país vecino de Venezuela. Petro fue asesor de Hugo Chávez y sus discursos y puesta en escena se asemejan muchísimo. Petro, al igual que Chávez, pretendía llegar a la presidencia ocultando sus verdaderas intenciones a través de la retórica populista de “Pueblo” contra “no Pueblo”, envolviendo sus palabras de significantes bonitos, utilizando la neolengua para disimular sus intenciones.
Colombia en manos de un adorador de Castro y Chávez, como es el caso de Petro, se hubiera convertido con el tiempo, sin duda, en un espejo de Cuba y Venezuela. El socialismo que encarna el populismo latinoamericano, persecución al mercado e instituciones políticas liberales mediante, condena al pueblo a la miseria mientras la élite vive como “adoradores del capital” al que tanto dicen odiar. Colombia se ha librado de una dictadura gradual que hubiera convertido al país en una cárcel, como ocurre siempre que se ha aplicado el socialismo. Así ocurrió en Venezuela, cuyo proceso contamos en “Salvemos Venezuela”. Y así ocurre en todo país que se echa en brazos del socialismo, en cualquiera de sus vertientes, creyendo promesas que nunca llegan a cumplirse y la profecía se convierte en todo lo contrario.
Poner la economía en manos del Estado y planificar desde el “centro director” al que hacen referencia Hayek y Mises, entre otros, siempre tiene las mismas consecuencias. Poner los derechos civiles y políticos en manos de una élite que persigue al que no piensa como ordenan desde arriba, también. Aunque Petro había rechazado varias veces que su plan fuera planificar la economía como ocurre en el socialismo, no hay que olvidar las mismas negaciones de Chávez en este sentido y lo que ocurrió después: negó que expropiaría empresas y lo hizo, negó que perseguiría a medios de comunicación y lo hizo, negó que perseguiría al capital privado y lo hizo, etc. Basó su política en aquello que había rechazado como candidato, para la “gloria” del Pueblo venezolano, contra los “malos”, los yankis y la oligarquía (no Pueblo).
Petro no iba a ser diferente en este aspecto. Como he dicho antes, Petro se fijaba mucho en los gestos y la forma de comunicar de Chávez, era su ejemplo a seguir. Basando su discurso y su puesta en escena en el mismo populismo latinoamericano, el cual consiste en mentiras, en disfrazar la verdad mediante la retórica de un bonito discurso, emocional y no racional, en principio inclusivo, pero a todas luces excluyente (Pueblo vs no Pueblo; buenos vs malos). En dicho populismo no tienen cabida los “impuros”, los “malos”, la “oligarquía” o como se quiera calificar al ‘enemigo’ del Pueblo.
Ir en contra del libre mercado, de la libertad de expresión, libertad de prensa y libertad política y civil tiene siempre las mismas consecuencias: destrucción de la democracia y afianzar la estructura de la dictadura. Miseria en todos los sentidos.
Colombia ha elegido a Duque y ha rechazado a Petro y al chavismo. El presidente electo de Colombia tiene un reto por delante. Debe cumplir las expectativas que millones de colombianos han puesto en su proyecto. No será fácil. Pero Colombia seguirá siendo una democracia, aunque no sea perfecta. Se libró de las garras del chavismo.

sábado, 2 de junio de 2018

Por qué Hamas es el culpable de lo que ocurre en Gaza

Una nueva oleada de protestas en la frontera de Gaza con Israel por el 70º aniversario de la independencia de Israel y el traslado de la embajada de EE.UU. a Jerusalén acaba con decenas de muertos y centenares de heridos. El titular, que se pudo leer hace un par de semanas en cualquier medio, siempre responde a un perfil predeterminado que pone a Israel en el punto de mira como el malo y el agresor y victimiza a los palestinos como los agredidos.
La inmensa mayoría de medios de comunicación nos dicen que “Israel mata”. La mayoría de políticos se unen a esta declaración de intenciones a favor de la propaganda palestina. Con especial ímpetu desde la extrema izquierda de nuestro país, que sigue el eslogan anti-judío al pie de la letra, el mismo discurso ‘progre' que lleva décadas encima de la mesa, que culpa a Israel y victimiza a Palestina, y a la región de Gaza en particular. Casi siempre sin mencionar una sola palabra acerca de Hamas. Como ejemplo, los tweets del pasado lunes de los dirigentes de Podemos, donde se podía leer todo tipo de culpa hacia Israel, desde asesino a genocida o decir que hay una masacre, sin mencionar una sola vez a Hamas.
Hamas es una organización terrorista que tiene como objetivo primordial la aniquilación y desaparición del Estado de Israel y de todos los judíos, como se desprende de su manifiesto fundacional y de sus comunicados a lo largo de los últimos años. Su modus operandi suele ser el siguiente: utilizar población civil (especialmente niños) como escudos humanos y aprovechar infraestructuras escolares y sanitarias para almacenar armas, bombas y demás arsenal terrorista; además de disparar hacia Israel desde estas infraestructuras. Es decir, utilizar dinero que debería destinarse al desarrollo económico y social de Gaza a fines terroristas. Si Hamas pusiera en dicho desarrollo el mismo empeño que en destruir Israel...
Esta protesta “pacífica” (que dicen algunos) no iba a ser diferente. Las órdenes de Hamas son claras: acercarse a la frontera con cualquier tipo de arma y cualquier tipo de artefacto que pueda ser utilizado para lanzarlo al ejército y población israelí. Varios terroristas han sido sorprendidos mientras intentaban cruzar hacia Israel. Como informan las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel), multitud de manifestantes se han acumulado en la frontera, utilizando explosivos, armas, cócteles molotov y hasta cometas incendiarias para violar la valla de seguridad. Las FDI han advertido a los gazatíes contra el acercamiento a la valla de seguridad, pero para que Hamás continúe realizando sus actividades, ellos deben continuar incitando estas manifestaciones”. Por tanto, no estamos ante protestas pacíficas, sino ante protestas que buscan mostrar al mundo la victimización palestina, con Hamas a la cabeza, una vez más. Continuan su camino de querer atacar como sea a Israel. Éste se defiende, como es lógico, y no deja pasar la frontera a quienes vienen a sembrar el pánico y matar a sus ciudadanos.
Hamas tiene retenido al pueblo palestino, a quien no le permite el desarrollo humano, y les obliga a morir yendo hacia la frontera para seguir con el relato que hace de Israel un monstruo genocida. Nada de eso ocurre en la realidad. Debemos ser conscientes de que el Estado de Israel es la conservación de los valores occidentales en Oriente Medio. Quienes manipulan sobre Israel y callan sobre Hamas son aquellos que quieren la destrucción de Occidente, es decir, la destrucción de la democracia y la libertad y dejar paso libre a la barbarie, en cualquiera de sus etiquetas.

martes, 15 de mayo de 2018

No hay desaparición sin derrota

Hace unos días se produjo el anuncio definitivo de la disolución de la banda terrorista ‘Euskadi Ta Askatasuna’, conocida popularmente como ETA. Una noticia muy esperada para todos los que queremos vivir en paz y libertad; si bien es cierto que había cesado su actividad armada años atrás, en octubre de 2011.
Ahora bien, dentro de la alegría por la desaparición nominal de la banda terrorista, no debemos caer en júbilo excesivo, pues todavía quedan algunos puntos que no dejan del todo esa paz y libertad, y hasta alcanzar la desaparición real queda mucho por delante.
En primer lugar, ETA nunca ha pedido perdón por sus crímenes. El último comunicado no iba a ser diferente. Ni rastro de perdón y arrepentimiento. Ellos están orgullosos de sus crímenes y de haber sembrado pánico y terror en España durante las casi seis décadas de su actividad terrorista.
Por otro lado, quedan todavía muchos atentados por resolver y la disolución definitiva no debe ser una excusa para que el proceso judicial no siga su camino y los terroristas, si de verdad quieren normalizar la situación, deberían colaborar con la Justicia y pagar por sus crímenes. También hay multitud de etarras huidos durante estas décadas. Deben regresar y rendir cuentas ante la sociedad española en general, y la vasca en particular. Disolución no es blanqueamiento y olvido. Tampoco impunidad.
La huella de ETA seguirá mientras no pidan perdón, no colaboren con la Justicia para esclarecer toda su actividad terrorista y no vuelvan quienes han huido. Disolverse no es lanzar un comunicado y seguir como si nada hubiera pasado. Hay que cumplir con la Justicia, esclarecer todos los atentados y actos delictivos y pagar por los delitos cometidos. Hay que conseguir Memoria, Justicia y Verdad.
ETA desaparece, pero solo las siglas. Queda en el País Vasco el aroma de ‘ETA política’, bajo la denominación de los partidos abertzales y algún que otro despistado que reclama políticas penitenciarias laxas. La serpiente continúa su vida, sin bombas ni pistolas (motivo de satisfacción, sí) pero con otras armas casi tan destructoras: la retórica y el discurso de ETA continúan hacia adelante. Ya lo dice el comunicado de disolución: “ETA surgió de este pueblo y ahora se disuelve en él”. Ese es el peligro a partir de ahora. Esa disolución a través de estructuras políticas que mantenga un relato de blanqueo de la historia etarra, que siga haciendo daño a las generaciones futuras y que quiere lograr la imagen de una banda terrorista como héroes de ‘Euskal Herria’. ETA desaparece, pero queda la esencia política, que quiere una sociedad vasca y navarra bajo el yugo abertzale.
La democracia y libertad se defendían mientras ETA mataba. Ahora, sin matar, hemos de seguir defendiéndolas ante ideas políticas perversas, por parte de algunos que, basándose en las ideas sanguinarias de una banda terrorista, no quieren reconocer la verdad y continúan con la propaganda y manipulación histórica.
Como bien señalan desde el Colectivo de Víctimas del Terrorismo (Covite): “desactivar las siglas de ETA no significa desactivar su proyecto político. Una parte de los ciudadanos del País Vasco y de Navarra han asumido ese proyecto político y han justificado la trayectoria criminal de la banda terrorista. Y mientras una parte de la población continúe legitimando el terrorismo de ETA y homenajeando a los terroristas en la calle, será necesario deslegitimar a ETA”.
Hay que continuar, pues, con ese proceso. Seguir señalando la verdad ante los que quieren blanquear y homenajear su historia sanguinaria. Queda mucho para una sociedad sin ETA política, sin su relato y agenda de manipulación. Hasta entonces, no hay derrota de la banda terrorista. Nada que agradecer al último comunicado. ETA sigue viva, como ellos mismos reconocen, disuelta en la sociedad vasca. Desactiva sus siglas, pero en las instituciones siguen sus miembros políticos e ideólogos. Su proyecto, en realidad, sigue vivo.

viernes, 20 de abril de 2018

Sindicatos, así no

Tomando como referencia la definición de sindicato, estaríamos ante “una asociación integrada por trabajadores en defensa y promoción de sus intereses laborales”. Y eso es lo que debería seguir siendo, pero en los últimos tiempos ha ido degradándose el sindicalismo hasta desconectar de la realidad.
Para empezar, si es una asociación de trabajadores, deberían ser éstos quienes aporten todos los recursos que el sindicato necesite para llevar a cabo sus funciones. Pues bien, el sindicalismo en muchos países, entre ellos España, ha estado y sigue estando enchufado al presupuesto público, recibiendo una parte de sus ingresos en forma de subvenciones de todos los que pagamos impuestos, aunque no compartamos sus ideas. Un grupo voluntario de trabajadores, imparcial respecto al poder político, que solo reciba aportaciones de quienes se sientan representados por ellos.
Otro aspecto en el que los sindicatos no tienen mucho sentido es el colectivismo que representan: lo que dice un sindicato suele ser tomado como referencia de lo que piensan todos los trabajadores, como si éstos fueran una masa homogénea. La realidad es bien diferente, pues cada trabajador, como individuo, piensa diferente y no tiene por qué siquiera compartir el pensamiento sindical.
La economía política y las propuestas laborales de los sindicatos es otro punto en contra de ellos. Siempre en el camino equivocado, apoyando propuestas que casi siempre aumentan el desempleo (como subir el SMI o aumentar las indemnizaciones por despido; es decir, conseguir un mercado laboral más rígido) y con una idea perversa del empresario, como persona explotadora que se enriquece gracias al trabajo y la plusvalía de sus empleados, en línea con el marxismo y socialismo, que, como éstos, se permiten el lujo de abanderar una superioridad moral, de caricaturizar a quien crea empleo, dando lecciones desde la “cátedra” de quien no ha creado un solo empleo con su dinero en su vida.
Por último, la desconexión de los dos sindicatos españoles más importantes, en la última semana apoyando el ‘procés’ y manifestándose con organizaciones independentistas, como ANC y Ómnium Cultural. Apoyando a quienes se saltan la Ley y la Constitución. A favor de quienes dividen a la sociedad catalana y provocan fracturas sociales, de quienes van contra la libertad. Apoyando a la aristocracia catalana que pisotea los derechos de los trabajadores catalanes, como multar por no rotular en catalán. ¿Proteger los intereses de los trabajadores? Apoyando a quienes hacen que miles de empresas se vayan de Cataluña, no.
Si ya de por sí los sindicatos suelen estar desconectados de la realidad económica y política, lo que les faltaba, desconectar de la Historia de España y apoyar a quienes manipulan ésta y quieren imponer un Estado independiente de corte totalitario, en manos de la extrema izquierda y apoyados por buena parte de la extrema derecha europea.
Menudo despropósito todo.

martes, 20 de marzo de 2018

El colectivismo, uno de nuestros males


Vivimos en un mundo en que el Estado ha ido ganando protagonismo, tanto en peso como en comportamiento respecto a la sociedad. No es de sorpresa que este protagonismo del Estado esté en máximos históricos, a pesar de la continua propaganda de aquellos que quieren todavía más Estado, quienes nos dicen que los mercados se han impuesto al Estado, que los movimientos supranacionales están supeditados a las élites económicas (como si no fuera una relación con élites políticas de por medio) y que de seguir así entraremos en una era de “neoliberalismo” más salvaje que el actual (¿qué es el neoliberalismo?).

El colectivismo en sus diferentes formas abunda a lo largo y ancho del mundo. Ya sea populismo, socialismo o nacionalismo, cualquier forma de estatismo o combinaciones de ellas, lo cierto es que el individualismo se ha visto relegado a un segundo plano. “Vivimos en sociedad y el individualismo atomiza”, nos dicen aquellos que no dejan de repetir los mantras colectivistas, ignorando que los individualistas no quieren vivir atomizados, es decir, sin relacionarse con el resto de la sociedad, pues esto es imposible, ya que sería volver a una era prehistórica. Tampoco los individualistas rechazan formar parte de algún colectivo, sino que rechazan formar parte de la coacción y no comparten la arrogancia de que un colectivo lleva al paraíso per se, como sí ocurre en el pensamiento colectivista. Yo, como individuo y defensor del individualismo, no creo en la masa como algo homogéneo, como sí creen los colectivistas, sino en un conjunto de individuos, en cooperación y a partir de la voluntad humana.

Detesto esa arrogancia del colectivo en la imposición desde el Estado en forma de Patria, Pueblo, Nación, etc. que cree tener todas las soluciones a los diferentes problemas de una sociedad, que cede a un “líder todopoderoso” o a un conjunto de políticos, que viven en una burbuja ajena al individuo, el poder de manejar nuestras vidas, bajo un principio de representación que no es tal en estas democracias representativas, donde ordena y manda otro colectivo funesto: el Partido. Y mucho menos en dictaduras.

Se equivocan quienes dicen que el individualismo es atomismo. Individualismo no es nada de eso, es cooperación y voluntad humana. De hecho, sin cooperar con el resto de la sociedad ningún individuo puede progresar por sí mismo. Confunden rechazar la imposición desde arriba con el rechazo a un colectivo formado voluntaria y pacíficamente, como bien dice el economista Bernaldo de Quirós: «el individualismo y el mercado competitivo no son contrarios a lo comunitario sino a la constitución por la fuerza de una falsa y artificial sociedad civil» (Por una derecha liberal, 2015).

El individualismo es, por otra parte, descentralizar al máximo todo aquello que no necesita de legislación y control del poder político y del Estado, es salir del consenso y tener visión crítica: pensar más allá del colectivo, pensar cada uno en cómo mejorar nuestra vida, y a la vez, la de los demás. Pasar de un infantilismo a una vida adulta. Porque el colectivismo es precisamente eso, la infantilización de toda sociedad: vivir a la sombra del colectivo que maneja el Estado, que decide por ti porque él lo quiere así y te niega la razón y el pensamiento crítico para que continúes a su lado, por “tu bien” y el “bien común”, porque “fuera del Estado eso es imposible”.

¿Necesitamos un Estado, que ha dejado de ser Providencia para ser Minotauro, regulando hasta el más mínimo detalle de nuestra vida? Creo que no necesitamos esa figura, que se asemeja a la del padre autoritario que no deja libertad alguna a sus hijos («el Estado se ha convertido en un jardín de infancia», Bernaldo de Quirós). Por el contrario, necesitamos un Estado mínimo, que devuelva ámbitos de competencia a la sociedad civil, que permita su desarrollo, siempre en cooperación voluntaria, dejando la coacción a un lado y el paso a una vida adulta de dicha sociedad. Dejar atrás el colectivismo encabezado por el Consenso Socialdemócrata: «la dependencia e idolatría del Estado; al estilo roussoniano: el progreso individual solo podía estar ligado al colectivo, y dependía de la intervención y planificación del Estado» (sobre esto escriben Almudena Negro y Jorge Vilches en la introducción y el primer capítulo de su libro Contra la socialdemocracia, 2017).

En la economía el fracaso de todo colectivismo se ha visto mucho más claro, pero sigue teniendo buena fama para muchos debido a la amplia propaganda de diferentes medios de comunicación e “intelectuales” y grupos de políticos que creen que colectivizar la economía con ellos sería diferente. Y si no, echan la culpa al chivo expiatorio, y evitan hacer autocrítica. Infantilismo de nuevo. Es por ello que ante cada fracaso del colectivismo la solución que piden los colectivistas es… más colectivismo, más Estado y todavía menos mercado, menos individuo, menos sociedad en cooperación voluntaria. Y siempre la misma excusa: “no se ha aplicado bien” o “con nosotros será diferente”. Por supuesto, se aplica bien, por eso fracasa, y con los nuevos Mesías no es diferente, sino incluso peor.

* Publicado en La Razón

jueves, 8 de marzo de 2018

Índice de Desigualdad de Género o por qué Occidente tiene menos motivos para el 8M

Hoy, 8 de marzo, está convocada una huelga feminista, en el Día Internacional de la Mujer, donde hombres y sobre todo mujeres están llamadas a salir a las calles para reivindicar la igualdad de derechos y oportunidades, así como el fin de todas las formas de violencia machista”.
Al margen de que “violencia machista” siempre me ha parecido una exageración, pues pone a todos los hombres al mismo nivel y las feministas radicales, que cada vez son más, no persiguen al asesino por haber matado sino por ser hombre -en una especie de lucha de géneros, la nueva lucha de clases marxista-, creo que Occidente tiene pocos motivos para participar en esta huelga, pues es en el mundo occidental donde las mujeres tienen un mayor acceso a dicha igualdad de derechos y oportunidades, donde mejor se cumple la igualdad ante la ley y donde es más fácil, para una mujer también, elegir un camino de vida y poder cumplirlo.
Por otra parte, me parece que estamos ante un movimiento cada vez más radical, que no quiere la igualdad real entre hombres y mujeres, que como digo, en el mundo occidental, las democracias más avanzadas ya reflejan, y cada vez más, sino que busca una especie de venganza, ahora quieren ser ellas las que estén por encima, de ahí su discurso “nosotras vs ellos”, en un claro síntoma de división, enfrentamiento y disputa violenta.
De ahí que estos movimientos feministas busquen silenciar a aquellas mujeres que no participan de su discurso y acción, sino que buscan por su lado, y encuentran, esa igualdad. Esas mujeres que demuestran su feminismo cada día en su trabajo o en su familia, pero que no dan su brazo a torcer ante la politización del feminismo “oficial” de movimientos radicales y neomarxistas, que reinventan la Historia a su antojo, y que pretenden utilizar la maquinaria del Estado para imponer su movimiento a todos y utilizar el victimismo para hacer de la mujer un objeto de una realidad paralela (como bien denuncia María Blanco en su libro “Afrodita desenmascarada” -Deusto, 2017-).
Como digo, Occidente tiene menos motivos para secundar una huelga feminista, puesto que es ahí donde las mujeres tienen mejor garantizado sus libertades y derechos, como demuestran infinidad de indicadores y estudios. Uno de los indicadores que mejor lo demuestra es el Índice de Desigualdad de Género, que realiza la ONU, el cual mide la desigualdad entre hombres y mujeres en áreas como la salud, la alfabetización, la política y el mercado de trabajo. En una escala en la que 0 sería una igualdad plena y 1 una desigualdad máxima, la puntuación media por grupo de países es la siguiente (año 2016):
Como demuestra el gráfico, los países más desarrollados son aquellos en los que mayor igualdad real hay entre hombres y mujeres, en contra de la propaganda del feminismo actual. Los países africanos y musulmanes son los que mayor desigualdad de género tienen. Es por ello que el motivo de la huelga debería ser ayudar a estos países a encontrar el camino de liberación femenina. Menos propaganda y más realidad. Para mí feminismo es quitarse el hiyab en Irán o Arabia Saudí, no salir medio desnuda diciendo “mi coño manda” en España, o salir con el torso desnudo en una votación de Berlusconi. Luchar por la igualdad real en países donde no hay; no hacer un relato y hacer creer que no hay igualdad donde más la hay.
¿Apoyo esta huelga? En países donde el movimiento feminista está secuestrado por el relato y la propaganda, por una lucha de género neomarxista, no apoyo nada que tenga que ver con ese circo, más cercano a la ficción. Apoyo la realidad, la lucha de mujeres que saben que viven bajo el yugo del supremacismo masculino, donde ni siquiera pueden salir a la calle vestidas como quieran, sin permiso del marido, tratadas como esclavas. Allí donde haya discriminación de verdad hacia la mujer, allí apoyaré su lucha por liberarse de las cadenas. Allí donde la propaganda nos quiere hacer ver que vivimos en un infierno machista, no. Porque las feministas libertarias tenían motivos de queja y lucha, y así lo demostraron, las feministas del mundo musulmán también en la actualidad; mientras, las “feministas” socialistas anticapitalistas solo saben utilizar a la mujer para su relato de víctima, mientras ignoran el sufrimiento real de las mujeres en aquellos lugares del mundo donde sigue existiendo persecución por ser mujer. Feminismo es Clara Campoamor, las sufragistas británicas, Mary Wollstonecraft, Dambisa Moyo o Ayaan Hirsi Ali, entre otras. Feminismo no es ‘Barbijaputa’ o el colectivo Femen.
* Publicado en La Razón

lunes, 29 de enero de 2018

Intermón Oxfam y la demonización de la riqueza

Un año más la organización Oxfam ha presentado sus conclusiones sobre la riqueza en el mundo. Y como no, el guión esperado: vivimos en el caos y la culpa es de los ricos. El informe, presentado bajo el nombre Premiar el trabajo, no la riqueza (el cual firmaría el propio Marx), destila un profundo aroma anticapitalista, una oda continua a un protagonismo mayor del Estado y la demonización de la riqueza, hacia el rico y el esfuerzo por tener una vida mejor. Por no hablar de la teoría ‘valor-trabajo’, refutada hasta la saciedad, demostrando que de economía van muy justos.
Fue el sociólogo alemán Franz Oppenheimer quien habló de los ‘medios económicos’ y los ‘medios políticos’ como caminos para acumular riqueza. Para Oppenheimer, los medios económicos son “el intercambio del trabajo de una persona por el trabajo de otra”; es decir, son voluntarios y pacíficos. Es la riqueza que proviene del comercio, del intercambio voluntario entre individuos, de servir en un mercado libre. En frente están los medios políticos, que son “la indebida apropiación del trabajo de los demás”; es decir, se trata de medios coactivos, del uso de la fuerza, el robo, el saqueo y la corrupción.
Quienes demonizan la riqueza, como ocurre con Oxfam, no diferencian ambos medios y clasifican a todos los ricos en el mismo grupo, cayendo en dos errores de gran dimensión: no tienen en cuenta el papel que ha desempeñado el rico (mediante medios económicos) en la sociedad, sirviendo a los demás mediante el mercado libre y el comercio, haciendo al resto la vida más fácil; y creer que la economía es un juego de suma cero, es decir, si hay ricos es porque hay muchos pobres (lo que consideran que una persona tiene “de más” es porque otra persona tiene “de menos”). Esto último tiene que ver con otra ignorancia económica, muy común en este tipo de pensamientos: la desigualdad significa pobreza. Y no es verdad. Que haya desigualdad no quiere decir que haya pobreza per se. Puede existir una sociedad muy igualitaria pero muy pobre, y viceversa.
Si el objetivo es acabar de verdad con la pobreza, organizaciones de este tipo deberían abrazar postulados de libre mercado y capitalismo, pues han sido estas ideas las que, en los últimos dos siglos, han reducido la pobreza allí donde más o menos han sido aplicadas, aunque no sea en su totalidad. Y donde más ha mejorado la calidad de vida en todos los aspectos, aunque la propaganda diga lo contrario. Pero me temo que las aspiraciones de ideologías de este tipo, como la que abandera Oxfam, tiene más que ver con dicha propaganda, con la envidia y la persecución al rico, y le importa lo más mínimo la pobreza real, pues allí donde se han impuestos ideas económicas de estilo socialistas y colectivistas, la pobreza se ha multiplicado. La historia está llena de ejemplos.
* Publicado en La Razón