miércoles, 11 de julio de 2018

Desmontando mitos: la desigualdad no se ha disparado con el gobierno de Mariano Rajoy

Si hay un mito que se extiende a lo largo y ancho de nuestro país en los últimos años, sobre todo en aquellos en los que la crisis hizo más daño y parecíamos destinados a un rescate por parte de las instituciones europeas, es el de la desigualdad. Una mentira repetida millones de veces no se convierte en verdad, aunque dicha mentira penetre el pensamiento crítico de la gente y se inocule en el pensamiento general como una verdad. Algo así ha ocurrido en estos años con la desigualdad en España. Medios de comunicación alineados con posiciones de izquierdas han descrito durante estos años una situación apocalíptica en cuanto a desigualdad y pobreza, la cual no se corresponde con la situación real.
Este mito se corresponde con la creencia generalizada de que la desigualdad se ha disparado durante los años que ha gobernado el Partido Popular, con Mariano Rajoy a la cabeza. La realidad, como ocurre en estos casos, es bien diferente. Tomando los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) del Instituto Nacional de Estadística (INE) se puede observar que la desigualdad creció durante la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero (PSOE), entre 2008 y 2011. Para ello se puede observar el coeficiente de Gini, el cual es definido como la “proporción acumulada de la población ordenada por los ingresos equivalentes con la proporción acumulada de los ingresos recibidos por los mismos”. Es una medida de desigualdad que toma el valor 0 en caso de equidad perfecta y el valor 100 en caso de desigualdad perfecta. El coeficiente de Gini en 2008 fue 32.4 y en 2011 fue 34.
¿Qué ha ocurrido en el periodo en el que ha gobernado Mariano Rajoy? La senda ha sido descendente en líneas generales, aumentando en 2014 hasta 34.7 y cayendo los últimos tres años. El último dato conocido, en 2017, es 34.1. La desigualdad no solo no se ha disparado en estos años, sino que ha caído. El mito no se sostiene por ninguna parte.
Aquellos que dicen luchar contra la desigualdad, ésta aumentó en su gobierno, por el aumento del desempleo principalmente. Aquellos a los que han achacado un escenario apocalíptico de desigualdad, se demuestra que no ha sido tal. Así es la política, demagogia y mentiras para crear relatos que permitan engañar a los votantes y poder asegurar un mayor número de votos en las próximas elecciones. No caigamos en la trampa.

viernes, 29 de junio de 2018

Colombia se libra de las garras del chavismo

El domingo 17 de junio se celebró la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Colombia. El país tenía que elegir entre Iván Duque y Gustavo Petro. Venció Duque con el 54% de los votos, por el 41.8% que consiguió el candidato de izquierdas.
Es digno de celebrar la derrota de Petro, el candidato que representa los ideales del chavismo en el país vecino de Venezuela. Petro fue asesor de Hugo Chávez y sus discursos y puesta en escena se asemejan muchísimo. Petro, al igual que Chávez, pretendía llegar a la presidencia ocultando sus verdaderas intenciones a través de la retórica populista de “Pueblo” contra “no Pueblo”, envolviendo sus palabras de significantes bonitos, utilizando la neolengua para disimular sus intenciones.
Colombia en manos de un adorador de Castro y Chávez, como es el caso de Petro, se hubiera convertido con el tiempo, sin duda, en un espejo de Cuba y Venezuela. El socialismo que encarna el populismo latinoamericano, persecución al mercado e instituciones políticas liberales mediante, condena al pueblo a la miseria mientras la élite vive como “adoradores del capital” al que tanto dicen odiar. Colombia se ha librado de una dictadura gradual que hubiera convertido al país en una cárcel, como ocurre siempre que se ha aplicado el socialismo. Así ocurrió en Venezuela, cuyo proceso contamos en “Salvemos Venezuela”. Y así ocurre en todo país que se echa en brazos del socialismo, en cualquiera de sus vertientes, creyendo promesas que nunca llegan a cumplirse y la profecía se convierte en todo lo contrario.
Poner la economía en manos del Estado y planificar desde el “centro director” al que hacen referencia Hayek y Mises, entre otros, siempre tiene las mismas consecuencias. Poner los derechos civiles y políticos en manos de una élite que persigue al que no piensa como ordenan desde arriba, también. Aunque Petro había rechazado varias veces que su plan fuera planificar la economía como ocurre en el socialismo, no hay que olvidar las mismas negaciones de Chávez en este sentido y lo que ocurrió después: negó que expropiaría empresas y lo hizo, negó que perseguiría a medios de comunicación y lo hizo, negó que perseguiría al capital privado y lo hizo, etc. Basó su política en aquello que había rechazado como candidato, para la “gloria” del Pueblo venezolano, contra los “malos”, los yankis y la oligarquía (no Pueblo).
Petro no iba a ser diferente en este aspecto. Como he dicho antes, Petro se fijaba mucho en los gestos y la forma de comunicar de Chávez, era su ejemplo a seguir. Basando su discurso y su puesta en escena en el mismo populismo latinoamericano, el cual consiste en mentiras, en disfrazar la verdad mediante la retórica de un bonito discurso, emocional y no racional, en principio inclusivo, pero a todas luces excluyente (Pueblo vs no Pueblo; buenos vs malos). En dicho populismo no tienen cabida los “impuros”, los “malos”, la “oligarquía” o como se quiera calificar al ‘enemigo’ del Pueblo.
Ir en contra del libre mercado, de la libertad de expresión, libertad de prensa y libertad política y civil tiene siempre las mismas consecuencias: destrucción de la democracia y afianzar la estructura de la dictadura. Miseria en todos los sentidos.
Colombia ha elegido a Duque y ha rechazado a Petro y al chavismo. El presidente electo de Colombia tiene un reto por delante. Debe cumplir las expectativas que millones de colombianos han puesto en su proyecto. No será fácil. Pero Colombia seguirá siendo una democracia, aunque no sea perfecta. Se libró de las garras del chavismo.

sábado, 2 de junio de 2018

Por qué Hamas es el culpable de lo que ocurre en Gaza

Una nueva oleada de protestas en la frontera de Gaza con Israel por el 70º aniversario de la independencia de Israel y el traslado de la embajada de EE.UU. a Jerusalén acaba con decenas de muertos y centenares de heridos. El titular, que se pudo leer hace un par de semanas en cualquier medio, siempre responde a un perfil predeterminado que pone a Israel en el punto de mira como el malo y el agresor y victimiza a los palestinos como los agredidos.
La inmensa mayoría de medios de comunicación nos dicen que “Israel mata”. La mayoría de políticos se unen a esta declaración de intenciones a favor de la propaganda palestina. Con especial ímpetu desde la extrema izquierda de nuestro país, que sigue el eslogan anti-judío al pie de la letra, el mismo discurso ‘progre' que lleva décadas encima de la mesa, que culpa a Israel y victimiza a Palestina, y a la región de Gaza en particular. Casi siempre sin mencionar una sola palabra acerca de Hamas. Como ejemplo, los tweets del pasado lunes de los dirigentes de Podemos, donde se podía leer todo tipo de culpa hacia Israel, desde asesino a genocida o decir que hay una masacre, sin mencionar una sola vez a Hamas.
Hamas es una organización terrorista que tiene como objetivo primordial la aniquilación y desaparición del Estado de Israel y de todos los judíos, como se desprende de su manifiesto fundacional y de sus comunicados a lo largo de los últimos años. Su modus operandi suele ser el siguiente: utilizar población civil (especialmente niños) como escudos humanos y aprovechar infraestructuras escolares y sanitarias para almacenar armas, bombas y demás arsenal terrorista; además de disparar hacia Israel desde estas infraestructuras. Es decir, utilizar dinero que debería destinarse al desarrollo económico y social de Gaza a fines terroristas. Si Hamas pusiera en dicho desarrollo el mismo empeño que en destruir Israel...
Esta protesta “pacífica” (que dicen algunos) no iba a ser diferente. Las órdenes de Hamas son claras: acercarse a la frontera con cualquier tipo de arma y cualquier tipo de artefacto que pueda ser utilizado para lanzarlo al ejército y población israelí. Varios terroristas han sido sorprendidos mientras intentaban cruzar hacia Israel. Como informan las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel), multitud de manifestantes se han acumulado en la frontera, utilizando explosivos, armas, cócteles molotov y hasta cometas incendiarias para violar la valla de seguridad. Las FDI han advertido a los gazatíes contra el acercamiento a la valla de seguridad, pero para que Hamás continúe realizando sus actividades, ellos deben continuar incitando estas manifestaciones”. Por tanto, no estamos ante protestas pacíficas, sino ante protestas que buscan mostrar al mundo la victimización palestina, con Hamas a la cabeza, una vez más. Continuan su camino de querer atacar como sea a Israel. Éste se defiende, como es lógico, y no deja pasar la frontera a quienes vienen a sembrar el pánico y matar a sus ciudadanos.
Hamas tiene retenido al pueblo palestino, a quien no le permite el desarrollo humano, y les obliga a morir yendo hacia la frontera para seguir con el relato que hace de Israel un monstruo genocida. Nada de eso ocurre en la realidad. Debemos ser conscientes de que el Estado de Israel es la conservación de los valores occidentales en Oriente Medio. Quienes manipulan sobre Israel y callan sobre Hamas son aquellos que quieren la destrucción de Occidente, es decir, la destrucción de la democracia y la libertad y dejar paso libre a la barbarie, en cualquiera de sus etiquetas.

martes, 15 de mayo de 2018

No hay desaparición sin derrota

Hace unos días se produjo el anuncio definitivo de la disolución de la banda terrorista ‘Euskadi Ta Askatasuna’, conocida popularmente como ETA. Una noticia muy esperada para todos los que queremos vivir en paz y libertad; si bien es cierto que había cesado su actividad armada años atrás, en octubre de 2011.
Ahora bien, dentro de la alegría por la desaparición nominal de la banda terrorista, no debemos caer en júbilo excesivo, pues todavía quedan algunos puntos que no dejan del todo esa paz y libertad, y hasta alcanzar la desaparición real queda mucho por delante.
En primer lugar, ETA nunca ha pedido perdón por sus crímenes. El último comunicado no iba a ser diferente. Ni rastro de perdón y arrepentimiento. Ellos están orgullosos de sus crímenes y de haber sembrado pánico y terror en España durante las casi seis décadas de su actividad terrorista.
Por otro lado, quedan todavía muchos atentados por resolver y la disolución definitiva no debe ser una excusa para que el proceso judicial no siga su camino y los terroristas, si de verdad quieren normalizar la situación, deberían colaborar con la Justicia y pagar por sus crímenes. También hay multitud de etarras huidos durante estas décadas. Deben regresar y rendir cuentas ante la sociedad española en general, y la vasca en particular. Disolución no es blanqueamiento y olvido. Tampoco impunidad.
La huella de ETA seguirá mientras no pidan perdón, no colaboren con la Justicia para esclarecer toda su actividad terrorista y no vuelvan quienes han huido. Disolverse no es lanzar un comunicado y seguir como si nada hubiera pasado. Hay que cumplir con la Justicia, esclarecer todos los atentados y actos delictivos y pagar por los delitos cometidos. Hay que conseguir Memoria, Justicia y Verdad.
ETA desaparece, pero solo las siglas. Queda en el País Vasco el aroma de ‘ETA política’, bajo la denominación de los partidos abertzales y algún que otro despistado que reclama políticas penitenciarias laxas. La serpiente continúa su vida, sin bombas ni pistolas (motivo de satisfacción, sí) pero con otras armas casi tan destructoras: la retórica y el discurso de ETA continúan hacia adelante. Ya lo dice el comunicado de disolución: “ETA surgió de este pueblo y ahora se disuelve en él”. Ese es el peligro a partir de ahora. Esa disolución a través de estructuras políticas que mantenga un relato de blanqueo de la historia etarra, que siga haciendo daño a las generaciones futuras y que quiere lograr la imagen de una banda terrorista como héroes de ‘Euskal Herria’. ETA desaparece, pero queda la esencia política, que quiere una sociedad vasca y navarra bajo el yugo abertzale.
La democracia y libertad se defendían mientras ETA mataba. Ahora, sin matar, hemos de seguir defendiéndolas ante ideas políticas perversas, por parte de algunos que, basándose en las ideas sanguinarias de una banda terrorista, no quieren reconocer la verdad y continúan con la propaganda y manipulación histórica.
Como bien señalan desde el Colectivo de Víctimas del Terrorismo (Covite): “desactivar las siglas de ETA no significa desactivar su proyecto político. Una parte de los ciudadanos del País Vasco y de Navarra han asumido ese proyecto político y han justificado la trayectoria criminal de la banda terrorista. Y mientras una parte de la población continúe legitimando el terrorismo de ETA y homenajeando a los terroristas en la calle, será necesario deslegitimar a ETA”.
Hay que continuar, pues, con ese proceso. Seguir señalando la verdad ante los que quieren blanquear y homenajear su historia sanguinaria. Queda mucho para una sociedad sin ETA política, sin su relato y agenda de manipulación. Hasta entonces, no hay derrota de la banda terrorista. Nada que agradecer al último comunicado. ETA sigue viva, como ellos mismos reconocen, disuelta en la sociedad vasca. Desactiva sus siglas, pero en las instituciones siguen sus miembros políticos e ideólogos. Su proyecto, en realidad, sigue vivo.

viernes, 20 de abril de 2018

Sindicatos, así no

Tomando como referencia la definición de sindicato, estaríamos ante “una asociación integrada por trabajadores en defensa y promoción de sus intereses laborales”. Y eso es lo que debería seguir siendo, pero en los últimos tiempos ha ido degradándose el sindicalismo hasta desconectar de la realidad.
Para empezar, si es una asociación de trabajadores, deberían ser éstos quienes aporten todos los recursos que el sindicato necesite para llevar a cabo sus funciones. Pues bien, el sindicalismo en muchos países, entre ellos España, ha estado y sigue estando enchufado al presupuesto público, recibiendo una parte de sus ingresos en forma de subvenciones de todos los que pagamos impuestos, aunque no compartamos sus ideas. Un grupo voluntario de trabajadores, imparcial respecto al poder político, que solo reciba aportaciones de quienes se sientan representados por ellos.
Otro aspecto en el que los sindicatos no tienen mucho sentido es el colectivismo que representan: lo que dice un sindicato suele ser tomado como referencia de lo que piensan todos los trabajadores, como si éstos fueran una masa homogénea. La realidad es bien diferente, pues cada trabajador, como individuo, piensa diferente y no tiene por qué siquiera compartir el pensamiento sindical.
La economía política y las propuestas laborales de los sindicatos es otro punto en contra de ellos. Siempre en el camino equivocado, apoyando propuestas que casi siempre aumentan el desempleo (como subir el SMI o aumentar las indemnizaciones por despido; es decir, conseguir un mercado laboral más rígido) y con una idea perversa del empresario, como persona explotadora que se enriquece gracias al trabajo y la plusvalía de sus empleados, en línea con el marxismo y socialismo, que, como éstos, se permiten el lujo de abanderar una superioridad moral, de caricaturizar a quien crea empleo, dando lecciones desde la “cátedra” de quien no ha creado un solo empleo con su dinero en su vida.
Por último, la desconexión de los dos sindicatos españoles más importantes, en la última semana apoyando el ‘procés’ y manifestándose con organizaciones independentistas, como ANC y Ómnium Cultural. Apoyando a quienes se saltan la Ley y la Constitución. A favor de quienes dividen a la sociedad catalana y provocan fracturas sociales, de quienes van contra la libertad. Apoyando a la aristocracia catalana que pisotea los derechos de los trabajadores catalanes, como multar por no rotular en catalán. ¿Proteger los intereses de los trabajadores? Apoyando a quienes hacen que miles de empresas se vayan de Cataluña, no.
Si ya de por sí los sindicatos suelen estar desconectados de la realidad económica y política, lo que les faltaba, desconectar de la Historia de España y apoyar a quienes manipulan ésta y quieren imponer un Estado independiente de corte totalitario, en manos de la extrema izquierda y apoyados por buena parte de la extrema derecha europea.
Menudo despropósito todo.

martes, 20 de marzo de 2018

El colectivismo, uno de nuestros males


Vivimos en un mundo en que el Estado ha ido ganando protagonismo, tanto en peso como en comportamiento respecto a la sociedad. No es de sorpresa que este protagonismo del Estado esté en máximos históricos, a pesar de la continua propaganda de aquellos que quieren todavía más Estado, quienes nos dicen que los mercados se han impuesto al Estado, que los movimientos supranacionales están supeditados a las élites económicas (como si no fuera una relación con élites políticas de por medio) y que de seguir así entraremos en una era de “neoliberalismo” más salvaje que el actual (¿qué es el neoliberalismo?).

El colectivismo en sus diferentes formas abunda a lo largo y ancho del mundo. Ya sea populismo, socialismo o nacionalismo, cualquier forma de estatismo o combinaciones de ellas, lo cierto es que el individualismo se ha visto relegado a un segundo plano. “Vivimos en sociedad y el individualismo atomiza”, nos dicen aquellos que no dejan de repetir los mantras colectivistas, ignorando que los individualistas no quieren vivir atomizados, es decir, sin relacionarse con el resto de la sociedad, pues esto es imposible, ya que sería volver a una era prehistórica. Tampoco los individualistas rechazan formar parte de algún colectivo, sino que rechazan formar parte de la coacción y no comparten la arrogancia de que un colectivo lleva al paraíso per se, como sí ocurre en el pensamiento colectivista. Yo, como individuo y defensor del individualismo, no creo en la masa como algo homogéneo, como sí creen los colectivistas, sino en un conjunto de individuos, en cooperación y a partir de la voluntad humana.

Detesto esa arrogancia del colectivo en la imposición desde el Estado en forma de Patria, Pueblo, Nación, etc. que cree tener todas las soluciones a los diferentes problemas de una sociedad, que cede a un “líder todopoderoso” o a un conjunto de políticos, que viven en una burbuja ajena al individuo, el poder de manejar nuestras vidas, bajo un principio de representación que no es tal en estas democracias representativas, donde ordena y manda otro colectivo funesto: el Partido. Y mucho menos en dictaduras.

Se equivocan quienes dicen que el individualismo es atomismo. Individualismo no es nada de eso, es cooperación y voluntad humana. De hecho, sin cooperar con el resto de la sociedad ningún individuo puede progresar por sí mismo. Confunden rechazar la imposición desde arriba con el rechazo a un colectivo formado voluntaria y pacíficamente, como bien dice el economista Bernaldo de Quirós: «el individualismo y el mercado competitivo no son contrarios a lo comunitario sino a la constitución por la fuerza de una falsa y artificial sociedad civil» (Por una derecha liberal, 2015).

El individualismo es, por otra parte, descentralizar al máximo todo aquello que no necesita de legislación y control del poder político y del Estado, es salir del consenso y tener visión crítica: pensar más allá del colectivo, pensar cada uno en cómo mejorar nuestra vida, y a la vez, la de los demás. Pasar de un infantilismo a una vida adulta. Porque el colectivismo es precisamente eso, la infantilización de toda sociedad: vivir a la sombra del colectivo que maneja el Estado, que decide por ti porque él lo quiere así y te niega la razón y el pensamiento crítico para que continúes a su lado, por “tu bien” y el “bien común”, porque “fuera del Estado eso es imposible”.

¿Necesitamos un Estado, que ha dejado de ser Providencia para ser Minotauro, regulando hasta el más mínimo detalle de nuestra vida? Creo que no necesitamos esa figura, que se asemeja a la del padre autoritario que no deja libertad alguna a sus hijos («el Estado se ha convertido en un jardín de infancia», Bernaldo de Quirós). Por el contrario, necesitamos un Estado mínimo, que devuelva ámbitos de competencia a la sociedad civil, que permita su desarrollo, siempre en cooperación voluntaria, dejando la coacción a un lado y el paso a una vida adulta de dicha sociedad. Dejar atrás el colectivismo encabezado por el Consenso Socialdemócrata: «la dependencia e idolatría del Estado; al estilo roussoniano: el progreso individual solo podía estar ligado al colectivo, y dependía de la intervención y planificación del Estado» (sobre esto escriben Almudena Negro y Jorge Vilches en la introducción y el primer capítulo de su libro Contra la socialdemocracia, 2017).

En la economía el fracaso de todo colectivismo se ha visto mucho más claro, pero sigue teniendo buena fama para muchos debido a la amplia propaganda de diferentes medios de comunicación e “intelectuales” y grupos de políticos que creen que colectivizar la economía con ellos sería diferente. Y si no, echan la culpa al chivo expiatorio, y evitan hacer autocrítica. Infantilismo de nuevo. Es por ello que ante cada fracaso del colectivismo la solución que piden los colectivistas es… más colectivismo, más Estado y todavía menos mercado, menos individuo, menos sociedad en cooperación voluntaria. Y siempre la misma excusa: “no se ha aplicado bien” o “con nosotros será diferente”. Por supuesto, se aplica bien, por eso fracasa, y con los nuevos Mesías no es diferente, sino incluso peor.

* Publicado en La Razón

jueves, 8 de marzo de 2018

Índice de Desigualdad de Género o por qué Occidente tiene menos motivos para el 8M

Hoy, 8 de marzo, está convocada una huelga feminista, en el Día Internacional de la Mujer, donde hombres y sobre todo mujeres están llamadas a salir a las calles para reivindicar la igualdad de derechos y oportunidades, así como el fin de todas las formas de violencia machista”.
Al margen de que “violencia machista” siempre me ha parecido una exageración, pues pone a todos los hombres al mismo nivel y las feministas radicales, que cada vez son más, no persiguen al asesino por haber matado sino por ser hombre -en una especie de lucha de géneros, la nueva lucha de clases marxista-, creo que Occidente tiene pocos motivos para participar en esta huelga, pues es en el mundo occidental donde las mujeres tienen un mayor acceso a dicha igualdad de derechos y oportunidades, donde mejor se cumple la igualdad ante la ley y donde es más fácil, para una mujer también, elegir un camino de vida y poder cumplirlo.
Por otra parte, me parece que estamos ante un movimiento cada vez más radical, que no quiere la igualdad real entre hombres y mujeres, que como digo, en el mundo occidental, las democracias más avanzadas ya reflejan, y cada vez más, sino que busca una especie de venganza, ahora quieren ser ellas las que estén por encima, de ahí su discurso “nosotras vs ellos”, en un claro síntoma de división, enfrentamiento y disputa violenta.
De ahí que estos movimientos feministas busquen silenciar a aquellas mujeres que no participan de su discurso y acción, sino que buscan por su lado, y encuentran, esa igualdad. Esas mujeres que demuestran su feminismo cada día en su trabajo o en su familia, pero que no dan su brazo a torcer ante la politización del feminismo “oficial” de movimientos radicales y neomarxistas, que reinventan la Historia a su antojo, y que pretenden utilizar la maquinaria del Estado para imponer su movimiento a todos y utilizar el victimismo para hacer de la mujer un objeto de una realidad paralela (como bien denuncia María Blanco en su libro “Afrodita desenmascarada” -Deusto, 2017-).
Como digo, Occidente tiene menos motivos para secundar una huelga feminista, puesto que es ahí donde las mujeres tienen mejor garantizado sus libertades y derechos, como demuestran infinidad de indicadores y estudios. Uno de los indicadores que mejor lo demuestra es el Índice de Desigualdad de Género, que realiza la ONU, el cual mide la desigualdad entre hombres y mujeres en áreas como la salud, la alfabetización, la política y el mercado de trabajo. En una escala en la que 0 sería una igualdad plena y 1 una desigualdad máxima, la puntuación media por grupo de países es la siguiente (año 2016):
Como demuestra el gráfico, los países más desarrollados son aquellos en los que mayor igualdad real hay entre hombres y mujeres, en contra de la propaganda del feminismo actual. Los países africanos y musulmanes son los que mayor desigualdad de género tienen. Es por ello que el motivo de la huelga debería ser ayudar a estos países a encontrar el camino de liberación femenina. Menos propaganda y más realidad. Para mí feminismo es quitarse el hiyab en Irán o Arabia Saudí, no salir medio desnuda diciendo “mi coño manda” en España, o salir con el torso desnudo en una votación de Berlusconi. Luchar por la igualdad real en países donde no hay; no hacer un relato y hacer creer que no hay igualdad donde más la hay.
¿Apoyo esta huelga? En países donde el movimiento feminista está secuestrado por el relato y la propaganda, por una lucha de género neomarxista, no apoyo nada que tenga que ver con ese circo, más cercano a la ficción. Apoyo la realidad, la lucha de mujeres que saben que viven bajo el yugo del supremacismo masculino, donde ni siquiera pueden salir a la calle vestidas como quieran, sin permiso del marido, tratadas como esclavas. Allí donde haya discriminación de verdad hacia la mujer, allí apoyaré su lucha por liberarse de las cadenas. Allí donde la propaganda nos quiere hacer ver que vivimos en un infierno machista, no. Porque las feministas libertarias tenían motivos de queja y lucha, y así lo demostraron, las feministas del mundo musulmán también en la actualidad; mientras, las “feministas” socialistas anticapitalistas solo saben utilizar a la mujer para su relato de víctima, mientras ignoran el sufrimiento real de las mujeres en aquellos lugares del mundo donde sigue existiendo persecución por ser mujer. Feminismo es Clara Campoamor, las sufragistas británicas, Mary Wollstonecraft, Dambisa Moyo o Ayaan Hirsi Ali, entre otras. Feminismo no es ‘Barbijaputa’ o el colectivo Femen.
* Publicado en La Razón

lunes, 29 de enero de 2018

Intermón Oxfam y la demonización de la riqueza

Un año más la organización Oxfam ha presentado sus conclusiones sobre la riqueza en el mundo. Y como no, el guión esperado: vivimos en el caos y la culpa es de los ricos. El informe, presentado bajo el nombre Premiar el trabajo, no la riqueza (el cual firmaría el propio Marx), destila un profundo aroma anticapitalista, una oda continua a un protagonismo mayor del Estado y la demonización de la riqueza, hacia el rico y el esfuerzo por tener una vida mejor. Por no hablar de la teoría ‘valor-trabajo’, refutada hasta la saciedad, demostrando que de economía van muy justos.
Fue el sociólogo alemán Franz Oppenheimer quien habló de los ‘medios económicos’ y los ‘medios políticos’ como caminos para acumular riqueza. Para Oppenheimer, los medios económicos son “el intercambio del trabajo de una persona por el trabajo de otra”; es decir, son voluntarios y pacíficos. Es la riqueza que proviene del comercio, del intercambio voluntario entre individuos, de servir en un mercado libre. En frente están los medios políticos, que son “la indebida apropiación del trabajo de los demás”; es decir, se trata de medios coactivos, del uso de la fuerza, el robo, el saqueo y la corrupción.
Quienes demonizan la riqueza, como ocurre con Oxfam, no diferencian ambos medios y clasifican a todos los ricos en el mismo grupo, cayendo en dos errores de gran dimensión: no tienen en cuenta el papel que ha desempeñado el rico (mediante medios económicos) en la sociedad, sirviendo a los demás mediante el mercado libre y el comercio, haciendo al resto la vida más fácil; y creer que la economía es un juego de suma cero, es decir, si hay ricos es porque hay muchos pobres (lo que consideran que una persona tiene “de más” es porque otra persona tiene “de menos”). Esto último tiene que ver con otra ignorancia económica, muy común en este tipo de pensamientos: la desigualdad significa pobreza. Y no es verdad. Que haya desigualdad no quiere decir que haya pobreza per se. Puede existir una sociedad muy igualitaria pero muy pobre, y viceversa.
Si el objetivo es acabar de verdad con la pobreza, organizaciones de este tipo deberían abrazar postulados de libre mercado y capitalismo, pues han sido estas ideas las que, en los últimos dos siglos, han reducido la pobreza allí donde más o menos han sido aplicadas, aunque no sea en su totalidad. Y donde más ha mejorado la calidad de vida en todos los aspectos, aunque la propaganda diga lo contrario. Pero me temo que las aspiraciones de ideologías de este tipo, como la que abandera Oxfam, tiene más que ver con dicha propaganda, con la envidia y la persecución al rico, y le importa lo más mínimo la pobreza real, pues allí donde se han impuestos ideas económicas de estilo socialistas y colectivistas, la pobreza se ha multiplicado. La historia está llena de ejemplos.
* Publicado en La Razón

domingo, 24 de diciembre de 2017

La proporcionalidad electoral de Cataluña o por qué D’Hondt no es el culpable

Como suele ocurrir después de unas elecciones, mucha gente se queja de la ley electoral, que un partido con menos votos cosecha casi los mismos escaños que otro partido que queda por delante en votos, y casi siempre suelen echar la culpa al mismo de siempre: D’Hondt, que es el nombre que recibe nuestra fórmula electoral.

En términos politológicos, la diferencia entre el porcentaje de escaños y el porcentaje de votos se denomina “proporcionalidad electoral”. Como se puede observar en el gráfico 1, los 3 partidos que han quedado en cabeza han sido los más beneficiados por la sobrerrepresentación parlamentaria, mientras que, por el otro lado, el resto de partidos han quedado infrarrepresentados, siendo el PP el más perjudicado (véase también tabla 1).




¿Por qué se produce este fenómeno? La causa principal es la falta de equilibrio en el peso del voto de cada circunscripción; en otras palabras, hay circunscripciones que ‘pesan’ más que otras. Esto ocurre cuando una circunscripción reparte más escaños de lo que le correspondería por población. Cataluña se divide en cuatro circunscripciones electorales, cada una de ellas se corresponde con las provincias: Barcelona (85 escaños), Tarragona (18), Gerona (17) y Lérida (15). En el desglose se produce el mismo fenómeno que en unas elecciones generales en España, de manera que en las zonas menos pobladas se requieren menos votos para lograr un escaño: 38.496 en Barcelona, 24.511 en Tarragona, 23.963 en Gerona y 16.008 en Lérida. Esto es lo que se conoce como “sesgo rural”.

¿Cómo es la proporcionalidad electoral en cada una de las circunscripciones catalanas con los resultados electorales del 21-D? La tabla 2 responde a dicha cuestión.



Se puede observar cómo, según descendemos hacia las circunscripciones que menos escaños reparten, mayor es la sobrerrepresentación general de las tres listas electorales que han quedado en cabeza: C’s, JxCat y ERC. Y cómo, por el contrario, los partidos que menos votos han cosechado, son penalizados en mayor medida en dichas circunscripciones, siendo Barcelona la única en la que hay un cierto equilibrio entre el porcentaje de votos y el porcentaje de escaños, debido a que es la circunscripción que más escaños reparte. Estamos, pues, ante otro sesgo, conocido como el “sesgo mayoritario”, por el cual en las circunscripciones que menos escaños se reparten solo son los partidos más votados aquellos que consiguen escaño (parecido al funcionamiento de un sistema mayoritario).

Mucha gente suele equivocar el sesgo y echa la culpa de la diferencia de proporcionalidad entre partidos a la fórmula electoral D’Hondt. Pero la verdadera diferencia se encuentra en el tipo de circunscripción utilizado y no tanto en la fórmula de reparto de escaños. Como muestra la evidencia, cuanto más grande es la circunscripción (en el caso de Cataluña una circunscripción autonómica, única, donde un voto valiera lo mismo en cualquier parte del territorio) más se corrige la proporcionalidad, perdiendo escaños los partidos sobrerrepresentados en favor de los partidos infrarrepresentados actuales.

Si en Cataluña se utilizara una circunscripción autonómica (única), los resultados electorales, utilizando igualmente la fórmula D’Hondt, hubieran sido los siguientes:



En la tabla 3 se observa que bajo una circunscripción única, que abarcaría toda Cataluña, se eliminarían los sesgos rural y mayoritario explicados antes, y se llegaría prácticamente a la proporcionalidad absoluta. Sin cambiar de fórmula electoral. Y es que la culpa no es de D’Hondt -si bien es cierto que hay otras fórmulas más proporcionales-, sino del diseño de las circunscripciones electorales, que premia a los partidos que tienen mayor porcentaje de voto en la zona rural (en este caso los partidos independentistas) y penaliza a quienes concentran más su voto en la zona urbana, que reparte más escaños, como la circunscripción de Barcelona.

Ahora bien, para pasar de la teoría y las simulaciones electorales a un cambio real, hay que saber lo complicado que sería poner de acuerdo a todos los partidos en una ley electoral que contentara a todos. Prácticamente misión imposible.

* Publicado en La Razón

domingo, 3 de diciembre de 2017

Del subdesarrollo al desarrollo: los milagros económicos no existen

La pobreza ha sido el estadio general de la humanidad desde el Paleolítico, “la condición de partida” a la que hace referencia el economista Johan Norberg en el capítulo sobre pobreza de su libro “Progreso”. A partir de la Ilustración como idea y de la Revolución Industrial como acción, la pobreza fue dejando paso a estándares de vida cada vez mejores, hasta el punto de que nunca hubo el nivel de riqueza y bienestar como el que disfrutamos actualmente.
Aun así, todavía existen muchos países subdesarrollados, que no han ‘escapado’ de la pobreza y de condiciones de vida paupérrimas (utilizando la terminología que utiliza el economista Angus Deaton en su libro “El gran escape”). El subdesarrollo, según la literatura económica, se caracteriza por cuatro puntos principales: escasez -o ausencia- de capital, tanto físico como humano; falta de integración en los mercados internacionales; un bajo nivel de industrialización; y, por último, la trampa del ‘crecimiento empobrecedor’, esto es, cuando el precio de los bienes y servicios exportados se reduce en poco tiempo frente al de los importados. Si a estas características le añadimos políticas económicas como el control de precios, la inflación, la nacionalización de empresas o un sector público desbocado, con grandes cantidades de déficit y deuda pública, estamos ante un escenario de pobreza asegurada y subdesarrollo profundo.
La condición desarrollado-subdesarrollado cambia con el paso del tiempo y en función de políticas económicas más o menos acertadas que ponen en marcha los gobiernos de los diferentes países. El subdesarrollo, por tanto, no es una condición permanente e inevitable, sino un estadio que puede superarse, como han demostrado varios países recientemente, como Hong Kong, Corea del Sur o Singapur, o históricamente: el nivel de desarrollo actual de países como EEUU, Alemania o Canadá, entre otros, no es el mismo que el del siglo XVIII.
¿Cómo se puede salir del subdesarrollo? Algunos creen que mediante ayuda externa a los países pobres, como ha ocurrido en las últimas décadas en el continente africano. Otros creen que mediante el capitalismo y un marco institucional de mercado libre, que haga posible las reformas profundas que los países pobres necesitan, como atraer capital, inversión, mejorar la integración en los mercados internacionales, facilitar la innovación, etc.
¿Sirve la ayuda externa para caminar hacia el desarrollo? Tomando como referencia las investigaciones de William Easterly, Peter Boone, Fredik Erixon o Dambisa Moyo, entre otros, podemos entender cómo la ayuda externa, en vez de solucionar el problema, lo dilata. 
Easterly muestra cómo la burocracia distorsiona el proceso, los recursos afluyen a los gobiernos de los países receptores y la capacidad administrativa de esos gobiernos es totalmente inadecuada. El propio Easterly demuestra que la ayuda externa hacia África no ha servido en absoluto para promover el crecimiento económico (gráfico en forma de X, donde aumenta la ayuda y disminuye el crecimiento per cápita).
Por su parte, Boone tampoco encuentra correlación positiva entre ayuda externa y crecimiento económico per cápita (medido en Producto Nacional Bruto); además, muestra que el efecto más importante de las transferencias no es aumentar la inversión, sino dilatar el tamaño del sector público: el consumo público aumenta en tres cuartas partes de la ayuda recibida. 
Estadística que también recoge Erixon, quien muestra, por otro lado, cómo Asia, con el ejemplo más claro de China e India, en términos generales, han desarrollado su economía cuando han reducido la ayuda externa que recibían, mientras países africanos como Kenia, que contaban con proyecciones por parte de algunos economistas de que “la pobreza extrema se erradicaría en los 90 y en la década de 2000 el ingreso per cápita keniata alcanzaría el nivel de España, Portugal o Nueva Zelanda”, siguen en niveles de ingreso per cápita de 1970. La magia no existe en economía y los milagros tampoco. Kenia apostó por un camino de intervencionismo, unido al efecto perverso de la ayuda externa, y hoy en día continúa siendo de los países más pobres. Asimismo, Erixon pone de manifiesto que la ayuda externa recibida por estos países es fungible, es decir, no se destina a inversiones adicionales, sino que mantiene el nivel previsto de inversión y aumenta el consumo.
La economista zambiana Dambisa Moyo se hizo un hueco en este ámbito a partir de la publicación de su libro “Dead Aid”. En palabras de la propia Moyo, “no ha habido nunca un país en el mundo que haya alcanzado un crecimiento constante y haya reducido la pobreza de manera significativa con las herramientas de la ayuda internacional externa”, según ella por la incapacidad de los gobiernos, que pierden su responsabilidad debido al incentivo perverso de la ayuda. En palabras de la propia economista “hasta que los gobiernos africanos no vivan o mueran dependiendo de la creación de empleo y de la distribución de bienes a los africanos y no solamente se dediquen a recibir el dinero de ayudas, seguiremos viendo una situación en la que el sector privado no se ha desarrollado y los africanos no tienen oportunidades”. Dambisa Moyo, empleando datos del BM y del FMI, calcula que en los últimos 60 años se han enviado más de un trillón de dólares a África. Como evidencian los trabajos mencionados antes, dicha ayuda no ha servido para el desarrollo de la región y la salida de la pobreza.
El otro camino para abandonar el subdesarrollo es la aplicación de principios económicos liberales y capitalistas. Los que las han llevado a cabo han visto cómo sus economías dejaban atrás el subdesarrollo y se iban convirtiendo en economías prósperas. Da igual el siglo, quienes dejan camino más o menos despejado al mercado, a la función empresarial, a la innovación humana, terminan alcanzando bienestar y desarrollo económico. Hay gente que habla de ‘milagros económicos’ cuando una economía prospera y crece, pero éstos no existen. En palabras de Ludwig von Mises, en referencia al “milagro alemán” posterior a la II Guerra Mundial: “esto no fue milagro alguno; fue la aplicación de los principios de la economía de libre mercado, de los métodos del capitalismo, aun cuando no fueron totalmente aplicados en todos sus aspectos. Una recuperación económica no proviene de ‘milagro’ alguno, sino de la aplicación de sanas políticas económicas”.
Respecto a la libertad económica, el continente africano continúa con una elevada losa sobre sus espaldas: de 52 países analizados, solo 2 alcanzan el estatus de “muy libre” (> 70/100). Y no es casualidad que en el resto del mundo, las zonas menos desarrolladas y más pobres coincidan con las zonas de menor libertad económica.
Para dejar atrás el estadio de subdesarrollo y los cuatro puntos mencionados al comienzo, un país debe abrazar, por tanto, los principios económicos del capitalismo y del libre mercado, dejar camino despejado a la función empresarial, a la cooperación humana y a la mano invisible, como han demostrado los países que fueron emergentes y ahora están desarrollados, y sobre todo, enterrar la tentación del intervencionismo, siempre presente en políticos y economistas más cercanos a la fantasía que a la realidad. Además, la presencia de un marco institucional que respete dichos principios económicos y no intente hacer magia con recetas que fracasan siempre que se intentan, como ocurre con el socialismo. Que el socialismo funcione sí que sería un milagro, pero ya saben, no existen.
* Publicado en La Razón