domingo, 24 de septiembre de 2017

Donald Trump tiene razón: el problema de Venezuela se llama socialismo

Hace unos días tuvo lugar el primer discurso del presidente de EE.UU. en la ONU. Además de la seria advertencia al régimen norcoreano si continúan sus amenazas con pruebas de misiles, Donald Trump también habló de Venezuela, en un tono que se echa de menos en la política actual: una visión crítica y realista del socialismo.
El presidente estadounidense se refería a Venezuela en los siguientes términos: «Hemos impuestos severas sanciones al régimen socialista de Maduro en Venezuela que ha traído a una nación una vez próspera al borde del colapso total. La dictadura socialista de Nicolás Maduro ha infligido un terrible dolor y sufrimiento sobre la gente de ese país. Este régimen corrupto destruyó una nación próspera imponiendo una ideología fallida, que ha producido pobreza y miseria en todas las partes que se ha probado. El problema en Venezuela no es que el socialismo haya sido mal implementado, sino que el socialismo ha sido fielmente implementado».
Así es, el problema de Venezuela se llama socialismo. En una vertiente suave, socialdemocracia, durante la época del bipartidismo AD-COPEI, que puso sobre la mesa las condiciones para llegar a la aplicación severa del socialismo, a partir de la llegada al poder de Hugo Chávez a finales de la década de los 90 y seguir su deriva hacia un país espejo de Cuba con la presidencia de Nicolás Maduro.
Y es que el socialismo es arrogancia, como decía Hayek, ya que elimina la acción y cooperación humana, creyendo que desde el centro planificador una sociedad es más próspera y equitativa. Como han demostrado los diferentes regímenes socialistas o comunistas a lo largo del siglo XX, han sido lugares de desprecio a los derechos humanos, de persecución al diferente y opositor (llámese “burgués”, “liberal”, “capitalista”, etc.), de violencia y muerte sistémicas (chekas, gulags, UMAP, etc.), de pobreza generalizada para la “gente”, mientras la nomenklatura y los que dirigen el régimen viven acomodados, entre todo tipo de lujos y riquezas.
Venezuela no es una excepción del socialismo. Desprecio a los derechos humanos como ir socavando y eliminando la libertad política (no hay representación ni separación de poderes; el régimen ha sustituido la Asamblea Nacional por una Asamblea Constituyente ilegítima y el poder judicial depende fundamentalmente del poder ejecutivo), la libertad de expresión, la libertad de prensa y la propiedad privada.
Persecución al opositor mediante la figura del ‘preso político’, encarcelar a alguien por el simple hecho de ir contra el régimen (que denuncian organizaciones como Amnistía Internacional, nada sospechosa de capitalista o de derechas). Violencia y muerte de la mano de la policía política (GNB), que no duda en utilizar armas de fuego contra manifestantes opositores desarmados, la mayoría estudiantes. Y, por supuesto, pobreza, de lo que más abunda en Venezuela, con una inflación que sobrepasa el 2.000% en estos momentos, y un tipo de cambio paralelo (el oficial no sirve) de casi 24.000 bolívares (BsF) por 1$ estadounidense (US). Todo este camino de la destrucción de la economía se concreta en la Encuesta de Condiciones de Vida de 2016, donde se muestra que el 82% de los hogares venezolanos son pobres (sobrepasando la pobreza extrema el 50% de los hogares).
En definitiva, Venezuela se ha convertido en una especie de infierno sobre la tierra. Cualquiera que haya podido visitar el país caribeño en los últimos años puede dar testimonio de ello. Es de agradecer que Donald Trump denuncie públicamente el socialismo y la situación de Venezuela, al igual que todos aquellos países que cayeron en la guadaña de la muerte que es el socialismo, en cualquiera de sus variantes. Como demuestra la evidencia, Trump tiene razón y el problema de Venezuela se llama socialismo. No es que no se haya aplicado (como dicen falsamente aquellos que quieren más socialismo), sino que se ha aplicado fielmente, aquel modelo político y económico que hace de un país una involución continua.
* Publicado en La Razón

martes, 19 de septiembre de 2017

La economía no lo es todo

Corre por algunos liberales una idea perversa que hace, a mi parecer, más daño del que se suele creer. Y es el desprecio a la política, centrándose única y exclusivamente en la economía. Algo así como que si la economía funciona, el resto da igual. Craso error.

La batalla de las ideas, esa que debemos dar frente a la izquierda, estatistas todos, también tiene su parte en las ideas políticas. Si abandonamos ese camino no debe extrañarnos el consenso socialdemócrata que impera desde hace varias décadas. Tan solo algunas excepciones, como la era Thatcher y Reagan en Reino Unido y EE.UU. respectivamente.

Y es que un marco institucional que proteja al individuo, los derechos de propiedad privada, la libertad (que no libertinaje) es tan importante como bajar el gasto público, reducir los impuestos y liberalizar el mercado. Si no damos la batalla de las ideas en lo primero, lo segundo será algo en vano, en manos de la arbitrariedad del político en función de sus intereses electorales y no como el reclamo de una sociedad con mentalidad liberal.

Esto es algo de lo que hablan mis admirados liberales Almudena Negro y Jorge Vilches en su libro ‘Contra la socialdemocracia’, al referirse a la derecha en las últimas décadas, principalmente europea y estadounidense en su versión liberal y liberal-conservadora, perdiendo gran parte de sus valores, dando paso al populismo nacionalista y teniendo en cuenta cómo el consenso socialdemócrata ha extraído la esencia de esas derechas, que ya no defienden libertad y democracia en el sentido de Berlin, Hayek o Tocqueville, por ejemplo, sino en términos de democracia social y un fuerte Estado benefactor.

Otro gran liberal que ha escrito sobre esto es Axel Kaiser. En su libro ‘La fatal ignorancia’refleja la necedad de políticos liberales (en este caso chilenos) de ignorar la política y el mundo de las ideas para centrarse exclusivamente en el crecimiento económico, mientras que la izquierda es consciente de tomar ese elemento para lograr su objetivo; esto es, como dice el propio Kaiser: «el abandono de la lucha por las ideas ha sido consecuencia de un optimismo que adormeció a todo un sector del país, mientras el otro avanzaba gradualmente para lograr la instalación de un auténtico y renovado proyecto “progresista” en los referente a los valores y en lo económico».

Una cosa hay que tener clara: la izquierda sabe cómo llegar a tomar el Poder, y lo quiere para siempre, no soltarlo, en su espíritu revolucionario, contra la democracia de los “burgueses capitalistas”. Así, no dudan en usar la hegemonía cultural gramsciana y lanzar sus eslóganes cortos y concisos, prevaleciendo la emoción y los sentimientos (“lo que no emociona no moviliza”, Monedero dixit) antes que la razón y los datos. Por eso, mientras que la izquierda habla de sentimientos, no tiene sentido que desde el liberalismo respondamos con datos del PIB o del mercado laboral, porque la emoción y los sentimientos no saben de economía y en muchos casos, lo general no sirve para algo particular.

Como digo, hay que dar la batalla de las ideas para aspirar a un marco institucional liberal,que no desprecie la política (el desprecio es allanar el camino a la izquierda), que defienda al individuo, la propiedad individual, la libertad, el Derecho y la ley en el sentido del liberal Bastiat. Esto no viene desde el mercado por gracia divina, si no desde la acción política, previa hegemonía cultural, no para moldear las mentes como hacen socialistas y demás, si no para que la sociedad se dé cuenta de que el liberalismo respeta mejor que nadie la libertad y los derechos humanos y es lo más óptimo para una convivencia pacífica. La economía no lo es todo, aunque es parte importante; pero la política y saber cómo llegar a la gente para que gane la razón y no la emoción también lo es, mucho.

* Publicado en La Razón

viernes, 8 de septiembre de 2017

Cataluña o el cuento de nunca acabar

Como dije hace algunos meses en estas mismas líneas, la política española lleva unos años inmersa en un círculo vicioso con ciertos temas que no parecen tener fin. El referéndum para la independencia de Cataluña es uno de esos temas. El 1 de octubre tendremos ante nosotros otro referéndum por la independencia de Cataluña. Ya sabemos, por lo que ocurrió hace tres años, que dicho referéndum es ilegal por inconstitucional.
Como expliqué aquí, el relato independentista está basado en tres ejes, los cuales son a todas luces mentira, respondiendo simplemente a una manipulación constante de los independentistas para amoldar a su discurso algo que no es real; dichos ejes son la opresión del Estado español hacia Cataluña, el famoso “Espanya ens roba” y 1714.
En todo este tiempo, además de estos ejes, el relato independentista ha repetido constantemente que la realización de un referéndum es democracia y que evitar que el “pueblo catalán” exprese su voluntad es antidemocrático y “autoritario”, en palabras del propio Puigdemont. Es un simplismo que no tiene base en Ciencia Política. La democracia no es solamente votar (es un elemento más), la democracia también tiene que ver con la libertad política, con el respeto y cumplimiento de las leyes, con la separación de poderes. Además, la democracia liberal también hace suyos elementos como la libertad de expresión, la libertad de pensamiento y la libertad de culto. Si en un país se permite la celebración de elecciones y la consulta a los ciudadanos, pero no desarrolla las libertades citadas, además del respeto a la minoría, no es una democracia. Esto es algo que olvidan todos los independentistas. Y por lo que demuestran desde el gobierno autonómico y los grupos sociales indexados a la causa independentista, una Cataluña en manos de ERC, la CUP, Arrán, etc. poco democrática sería, ya que en sus genes no estarían, ni mucho menos, los principios característicos de toda democracia liberal.
Por otro lado, hay otro mito que abanderan los independentistas, y es utilizar la mayoría de escaños en el parlamento autonómico como mayoría social. En las últimas elecciones autonómicas, celebradas en septiembre de 2015, las fuerzas parlamentarias independentistas (JxS y la CUP) fueron votadas por 1.95 millones de catalanes, de un censo formado por 5.5 millones; esto es, el 35% del censo optaron por candidaturas independentistas. Que el sistema electoral haga que tengan mayoría absoluta en escaños no quiere decir que sean mayoría en la sociedad, ampliado por el control de la educación y de los medios de comunicación, encumbrando la propaganda independentista a lo más alto. Esto es algo que también olvidan todos los independentistas.
Tampoco puedo dejar a un lado la hipocresía de los independentistas. En este caso, con el artículo 1.2 de la Constitución Española: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”. ¿Adivinan qué dice el artículo 2 de la Ley de Transitoriedad Jurídica Catalana? Exactamente lo mismo para el caso catalán: “La sobirania nacional rau en el poble de Catalunya, del qual emanen tots els poders de l’Estat”. Vaya, o sea que niegan para los territorios de Cataluña lo que ellos tanto han criticado del “Estado español”: la imposibilidad de secesión y la soberanía centralizada.
Hay think tanks que denuncian desde su posición en la sociedad civil la tomadura de pelo de los independentistas, su proyecto liberticida para todos los catalanes y el incumplimiento de la Constitución que algunos quieren seguir adelante. Uno de esos think tank es El Club de los Viernes, que ha lanzado un manifiesto contra la situación que vive Cataluña y la posible celebración de otro referéndum inconstitucional. El lema “Somos 47 millones – Som 47 milions” quiere señalar que el futuro de Cataluña se decide entre todos los españoles y que no está permitido un referéndum unilateral. Un poco de sensatez ante tanta locura independentista.

* Publicado en La Razón

jueves, 10 de agosto de 2017

Otegi, quienes matan son los tuyos

Murió el etarra Kepa del Hoyo en la prisión de Badajoz, donde cumplía condena por asesinato y pertenencia a ETA. En esas salió a hablar Arnaldo Otegi, cabecilla de EH-Bildu, los proetarras, el brazo político de los terroristas, diciendo que “han matado a un abertzale a 750 km de su casa, y decimos que no es muerte natural porque no entendemos este desenlace fatal sin hablar de decenas de años de encarcelamiento, de dispersión, de malos tratos”, llamando “presos políticos vascos” a los etarras encarcelados a lo largo y ancho del territorio nacional.
El discurso proetarra siempre se ha presentado ante la sociedad como una batalla de opresores (el Estado español) contra oprimidos (ETA). De esa opresión vendría la persecución a la banda terrorista y la dispersión de presos, para mantenerlos lejos de sus familias, como si no hubieran hecho nada y se les persiguiera solo por su condición de independentistas. Nada más lejos de la realidad. La banda terrorista ETA es eso, una banda terrorista, asesina. Merecen y siguen mereciendo la dispersión y las cárceles más nauseabundas que haya. Tener con ellos la misma humanidad que tuvieron con sus víctimas, es decir, ninguna.
Habla Otegi de que no es una muerte natural. Habrá que recordarle que las muertes que no han sido naturales han sido los casi 900 asesinatos que perpetró su banda terrorista durante más de 50 años de actividad armada. Los que matan son tus amigos, Otegi. El “Estado español” solo hace cumplir la ley, como es lógico, ante la amenaza terrorista y responde con cárcel a los atentados y asesinatos de ETA. Aunque bien es cierto que a veces se han producido concesiones aberrantes, como la Doctrina Parot.
Un etarra en la cárcel no es un preso político, es un terrorista encarcelado. Al igual que Otegi tampoco fue un preso político, sino un tentáculo de la banda terrorista ETA encarcelado.
Y aunque ahora ETA no mate físicamente, su brazo político sigue matando en el País Vasco y Navarra, inoculando también sus raíces en Cataluña (véase la CUP). Matar en el sentido de destruir las instituciones para hacerse con el poder. Destruir la economía, con continuas intervenciones y centralizando en manos de unos pocos. Destruir la libertad en general: en las zonas donde los proetarras gobiernan ayuntamientos sigue habiendo miedo por culpa de las amenazas de éstos. Muchos concejales de PP y PSOE siguen llevando escoltas ya que siguen recibiendo amenazas como cartas con balas dibujadas o insultos de todo tipo cuando pasean por sus pueblos. ETA ya no mata físicamente, pero su brazo político sigue matando una convivencia pacífica y en armonía, la cual todavía no ha llegado a Euskadi, y declaraciones como la de Otegi en referencia a Kepa del Hoyo hacen visible un comportamiento de más división y distanciamiento con el resto de España.
Se olvida Otegi que los que matan son los suyos. Quienes tienen las armas todavía y no se han disuelto, son los suyos. Quienes siguen inoculando miedo allá por donde van son los suyos. Quienes tienen que disolverse, entregar todas las armas, pedir perdón a las víctimas y colaborar con la justicia, son los suyos. Así que menos victimismo por la muerte natural de un etarra, menos disfrazar los acontecimientos y más luchar por la libertad y democracia, pero de verdad, no la visión abertzale, que no es más que la continuación del terror y el miedo, pero, de momento, sin pistolas ni bombas. Me parece que pido demasiado.

* Publicado en La Razón

martes, 1 de agosto de 2017

La hipocresía en Podemos (y van...)

El otro día unos venezolanos se encontraron por la calle, sentados en una terraza de cualquier bar, a dirigentes de Podemos, entre ellos el líder del partido, Pablo Iglesias, y la número 2, Irene Montero. Hasta aquí una anécdota cualquiera. Hasta que dichos venezolanos, aquellos que llevan años siendo perseguidos, anulados y bajo el yugo del chavismo empezaron a increpar a Iglesias y compañía, echándoles en cara su colaboración - asesoría y financiación - con el régimen chavista y la nefasta situación actual del país latinoamericano.
El vídeo corrió como la pólvora por las redes sociales y hasta el PP lo compartió, lo que produjo la reacción de Iglesias y Montero, recriminando la libertad de un partido político de compartir en sus redes sociales lo que quieran (es normal, si por ellos fuera el PP y el resto de partidos no existirían), echándoles en cara su “bajo decoro parlamentario” y que “el PP promueve los insultos”, cuando en el vídeo no se emite insulto alguno.
Han sido precisamente los dirigentes de Podemos quienes han abanderado estos años atrás el acoso político y la protesta hasta límites insospechados hacia el resto de políticos, sobre todo a dirigentes de “la trama”, ahora que no usan “la casta”, dado que ellos ya forman parte de ésta. Es lo que conocemos como escraches.
Vaya por delante que yo no soy muy receptivo a estos métodos, pero hay que señalar la profunda hipocresía (una vez y otra) de Iglesias y Montero, como muchos de sus compañeros de Podemos, al criticar ahora este tipo de protesta, mientras han permitido, encabezado y legitimado otros escraches, incluso en la propia Universidad. Rosa Díez, Felipe González y Cristina Cifuentes han sido algunos de los políticos escracheados por Pablo Iglesias, Íñigo Errejón y los cachorros que ahora forman Podemos y todos sus tentáculos políticos y sociales.
El “jarabe democrático”, expresión utilizada por Pablo Iglesias para referirse a los escraches, es amargo cuando va contra él y los suyos. Quien se cree centro del universo, se cree dueño y señor de los actos del resto. Quien se cree cabeza del “Pueblo” y depositario de la voluntad popular, ve inadmisible que protesten hacia su figura, pues él es puro e inmaculado y son los otros (el “anti Pueblo”, la “trama”, la “oposición venezolana”, etc.) a los que deben ir dirigidas dichas protestas. Es muy hipócrita quejarse de algo que tú has hecho tanto y de lo cual dices que es totalmente legítimo y una expresión pura de la democracia. Pues ahora, toca aguantar. Os toca aguantar, Podemos.
Queda, pues, de manifiesto una vez más el comportamiento infantil, de aquel al que no le gusta la responsabilidad ni tiene empatía por los demás (no hagas lo que no te gusta que te hagan). Los dirigentes de Podemos que colaboraron (y colaboran) con el régimen autoritario de Chávez y Maduro han de rendir cuentas, primero con los propios venezolanos y después con los españoles, pues quieren exportar ese modelo a la España actual, algo que debemos tener bien claro y siempre presente. De ahí las palabras de Juan Carlos Monedero: «Venezuela es el ejemplo para los pueblos del sur de Europa», «hace falta Venezuela y Chávez para el proceso que está comenzando ahora en Europa» y dejando claro su colaboración, también en la actualidad: «colaborando a la principal tarea que tenemos por delante, y es que Maduro continúe la tarea del presidente Chávez». No es de extrañar, pues, la conexión Podemos-Venezuela y su modelo para España.
Por tanto, no debemos asombrarnos de que algunos venezolanos protesten contra Pablo Iglesias y compañía, en primera persona, por su papel en el hundimiento de Venezuela. Al fin y al cabo están tomando de su propia medicina.

* Publicado en La Razón

jueves, 20 de julio de 2017

Antifranquistas, pero no del todo

Esta semana (concretamente el 18 de julio) se conmemora el 81º aniversario del Alzamiento Nacional contra el Frente Popular que dirigía la II República Española por aquel entonces, un modelo de Estado que no era democrático, ni en sus comienzos ni en su final y que dejó tanto que desear que hasta los padres espirituales - Gregorio Marañón, Pérez de Ayala y Ortega y Gasset - dijeron que no fue lo esperado.
Como todos los años por estas fechas, la propaganda antifranquista inunda todos los medios de comunicación y redes sociales, también la política, sobre todo desde posiciones de izquierda y extrema izquierda. Antifranquistas dicen ser, aunque defiendan políticas públicas puestas en marcha en la dictadura y la base política y económica de un Estado que lo controla todo, fuera de caminos democráticos y liberales.
Hablan de nacionalizar la industria. Ahí tienen el experimento franquista con el INI (Instituto Nacional de Industria), que culpaba a la iniciativa privada y al capitalismo de no dejar prosperar la industria española. Resultado: el INI fue una ruina hasta el Plan de Estabilización y la correspondiente apertura comercial y económica, a finales de los 50 y comienzos de los 60.
Hablan de nacionalizar la agricultura, de ir más allá de la PAC y retomar la soberanía. Ahí tienen el SNT (Servicio Nacional del Trigo), que comenzó fijando precios máximos (escasez) y terminó subvencionando la producción (excedente). Con la escasez se produjo lo que se conoce como los “años del hambre” en la década de los 40. Según las autoridades franquistas, ésta década fue consecuencia de la Guerra Civil, pero historiadores económicos como Prados de la Escosura han demostrado que fue consecuencia de la intervención en el mercado del trigo, lo que produjo escasez primero (cartillas de racionamiento) y excedente después.
Antifranquistas pero también defienden con mucho ímpetu el sistema social creado por la dictadura, con la Seguridad Social y el salario mínimo a la cabeza (intervención del mercado laboral). Además, curiosamente, con los mismos argumentos: dar protección social al pueblo español a través del Estado, desconfiando y demonizando el capital privado y la libertad económica.
Quienes se dicen antifranquistas, pero ocultan su otra cara (comunistas y socialistas), suelen coincidir con la dictadura franquista en su visión de la economía (controlada por un Estado en sus manos), pero también de la política (limitaciones severas a libertades civiles y políticas). No son tan antifranquistas como dicen. En el fondo coinciden y lo saben, pero la hegemonía cultural ha demostrado que queda mejor decir que defienden la “democracia” de la dictadura del proletariado, la “democracia” de la revolución cubana. No son más que caras de la misma moneda.
81 años después, siguen trayendo la división y el antagonismo a la política española. Como ya hicieran sus referentes del Frente Popular y sus admirados Lenin y Stalin. Antifranquistas contra la dictadura mientras visten camisetas del Che y llevan banderas soviéticas repitiendo consignas leninistas. Hablamos de gente con muy poca integridad moral, desde luego.

* Publicado en La Razón

martes, 11 de julio de 2017

¿Y más allá de la independencia?

El 1 de octubre tendremos ante nosotros otro referéndum por la independencia de Cataluña. Ya sabemos, por lo que ocurrió hace tres años, que dicho referéndum es ilegal e inconstitucional. Ahora, en toda una reiteración de las élites políticas catalanas, van adelante, más insistentes que nunca en su idea de una Cataluña independiente y piensan en cualquier cosa para llevarlo a cabo.
El relato independentista se basa, sobre todo, en tres ejes. El primero es de la opresión del “Estado español” hacia Cataluña. Inhabilitaciones y anulaciones de referéndum refuerzan esa idea en el imaginario independentista, presentándose ante su rebaño como perseguidos (el “Estado autoritario” -que diría Puigdemont- vs los demócratas de Cataluña). Nada más lejos de la realidad; los que de verdad son perseguidos en Cataluña son aquellos ciudadanos que no comulgan con las élites que promueven la independencia, movilizando toda una serie de elementos marginales y discriminatorios hacia los que no siguen el juego.
El segundo eje, que tiene que ver con el primero, es el de “Espanya ens roba”. Algo que a todas luces es falso. Cataluña encabeza la lista de deuda por CCAA, con 75.000 millones de euros (datos del Banco de España): más de la mitad proviene del Estado central, la cual no ha cortado el grifo en ningún momento para financiar a la autonomía catalana. Por otro lado, el argumento de que Cataluña aporta más al Estado central de lo que recibe, aun siendo cierto, hay que señalar que otras autonomías -como la Comunidad de Madrid- salen peor paradas (como muestra el Sistema de Cuentas Públicas Territorializadas) y no por ello Madrid se convierte en un foco de odio al resto de España y un cuento basado en la independencia.
El tercer eje tiene que ver con 1714, que aprovechan los nacionalistas catalanes para proyectar una imagen de Cataluña que nada tiene que ver con la realidad: así, no dudan en manipular la historia con la Diada e intentan hacer ver que en 1714 tuvo lugar una batalla entre Cataluña (que resistió más tiempo que otros que también apoyaron al archiduque Carlos) y el resto de España, ya en manos de Felipe V. La realidad es que fue una guerra entre los partidarios de ambos aspirantes a la Corona, pero no entre Cataluña y España. En todo proyecto político autoritario (y una Cataluña dependiente de ERC y la CUP lo es), la mentira es algo básico para llevar adelante dicho proyecto. Manipular para conseguir el apoyo de las masas.
El populismo nacionalista catalán busca la construcción hegemónica del pueblo catalán, separándolo del resto de España (el no pueblo) y persiguiendo a todo aquello que no tenga que ver con su idea de Cataluña, como demuestra la gestión de PdeCat y ERC al frente de la Generalidad. Pero la antigua Convergencia tiene un problema: es el ‘tonto útil’ de ERC y anticapitalistas. En una Cataluña independiente, los herederos de Pujol y Mas serian desechados para llevar a cabo la implantación completa de una república catalana de extrema izquierda, y ahí el PdeCat es visto como un partido ‘burgués’.
El proyecto independentista solo se sustenta con mentiras, propaganda y adoctrinamiento (ni siquiera son mayoría). Pero no hay propuestas reales sobre una Cataluña independiente. A la hora de hablar de políticas públicas y el desarrollo post independencia, los independentistas contestan con más propaganda.
Solo hay una cosa clara: si manejan de esa forma una comunidad autónoma, imaginen cómo controlarían un Estado independiente en sus manos, donde ellos sean la autoridad central y nadie les pare los pies a sus delirios de grandeza. Allí donde no hay libertad, solo hay pobreza, destrucción y anulación de la convivencia pacífica. Algunos todavía están a tiempo de dar la espalda a un proyecto autoritario, reflejado en mentiras y adoctrinamiento. Otros, en cambio, ya han caído en la inoculación independentista.

viernes, 7 de julio de 2017

España, ¿un problema de ingresos públicos?

Desde que comenzara la crisis económica de 2007, multitud de actores políticos y sociales, sobre todo desde la izquierda, han abanderado las protestas por el supuesto bajo nivel de ingresos públicos que, según ellos, sufren las Administraciones Públicas españolas. En su opinión, este hecho estaría mermando la capacidad de desarrollo del Estado del Bienestar.
Como referencia suelen tomar los ingresos públicos del resto de países de la Eurozona, un grupo en el que España queda en las últimas posiciones. Pero casi siempre olvidan comparar a estos mismos países en relación con su gasto público. Asimismo, ignoran el comportamiento de las cuentas públicas en España en los últimos años: los ingresos se mantienen más o menos estables y son los gastos los que han crecido, lo que evidencia que no hay nada parecido a la austeridad de la que tanto hablan estatistas de derechas e izquierdas.
Por último, se olvidan de comparar a España con otros países desarrollados (OCDE), como EEUU, Japón o Suiza, donde los ingresos públicos también son relativamente bajos y el nivel de vida no tiene nada que envidiar al español.

Administración Central y Seguridad Social

Entrando en el detalle de los ingresos, echemos un vistazo por cada administración. En primer lugar, la Administración Central tuvo en 2007 unos ingresos de 146.5000 millones de euros, sin tener en cuenta las operaciones financieras. Como siempre ocurre cuando se pincha una burbuja económica, los ingresos públicos caen. Es lo que tuvo lugar durante los años 2009, 2010 y 2011, pasando de 158.800 a 106.000 millones de euros. Fue a partir de 2012, con la subida masiva de impuestos por parte del Gobierno de Mariano Rajoy y la recuperación, cuando los ingresos volvieron al nivel previo al pinchazo de la burbuja, llegando en 2016 a una cantidad de 134.800 millones de euros.

La Seguridad Social, por su parte, ha aumentado sus ingresos en estos mismos años, desde 2007, cuando ingresó 112.600 millones de euros. En el año 2012 descendió hasta los 115.100 millones de euros y en 2016 marcó su máximo histórico, con 119.400 millones. La inmensa mayoría de ingresos de esta administración pública procede de las cotizaciones que pagan los trabajadores. En 2017 se espera alcanzar el récord en esta partida, superando los 119.000 millones vía cotizaciones que se alcanzaron en el año 2008.


Comunidades Autónomas (CCAA)
En el caso de las administraciones autonómicas, se produjo un ligero descenso de los ingresos como consecuencia de la crisis económica (de 120.000 millones de euros en 2007 a 115.000 millones en 2009), hubo un repunte en 2010, para volver a bajar hasta 2013, año en el que volvió a subir la recaudación y los ingresos autonómicos en general.

Entes Locales (EELL)

Los Entes Locales engloban los Ayuntamientos, Comarcas, Mancomunidades, etc. Son las administraciones públicas más saneadas, ya que suelen presentar un déficit muy bajo o incluso cuentas saneadas con superávit.
En el caso de sus ingresos, hace un recorrido parecido a las autonomías: crecen hasta 2009 (cuando marcan su máximo con 84.000 millones de euros), decrecen (en 2011 ingresaron solamente 70.000 millones) y vuelven a crecer con el inicio de la recuperación económica a partir de 2013.

Se puede observar que, aun cayendo los ingresos en casi todas las administraciones (salvo en la Seguridad Social donde aumentan), éstos se encuentran en un nivel similar a los de 2007 (y superior al nivel pre crisis). No se puede hablar de una caída preocupante de los ingresos públicos. Aunque a aquellos que dicen que estamos ante un problema de ingresos les pueda parecer insuficiente debido a la fuerte subida de los gastos que quisieran imponer.
Si analizamos los niveles de gasto público desde 2007, sí podemos decir que tenemos un problema de gasto, que aumentó en los años de bonanza y no se ha recortado apenas desde entonces. Algunos olvidan que son los ingresos los que deben marcar los gastos, no al revés. Si no es así, lo lógico es que luego suban el déficit y la deuda pública.
* Publicado en Libertad Digital

miércoles, 5 de julio de 2017

Orgullo LGTBI

La libertad sexual es uno de los fundamentos principales de una sociedad liberal y por tanto, de las democracias liberales, las cuales alcanzaron su cúspide sobre el consenso de la reconciliación después de la II Guerra Mundial (que tanto se tambalean en la actualidad por acción y efecto de los populismos).
Por otro lado, la igualdad ante la ley es otro pilar básico de dicha sociedad, y no cabe discriminación por orientación sexual, al igual que por raza, sexo, religión, etc.
La lucha contra la homofobia (que todavía perdura por todo el globo terráqueo) ha sido siempre una bandera de aquellas sociedades más avanzadas en libertades. Ha sido y sigue siendo una acción de pedagogía de la sociedad civil, que ha sabido reconocer la libertad sexual y la igualdad ante la ley y transmitirla de padres a hijos.
Lo que se ha convertido la celebración del Orgullo LGTBI en los últimos años poco tiene que ver con el orgullo del reconocimiento de libertad sexual sin que por ello vayas a la cárcel o directamente acaben con tu vida: hoy en día, podemos observar cómo se hace gala de una orientación sexual, buscando culpabilizar al que no comparte dicha orientación de la opresión de tiempos pasados, es decir, y al igual que ocurre con el feminismo antiliberal, culpan a un colectivo por completo (por ejemplo, los hombres o los heterosexuales) y buscan una revancha hacia ellos (hacerles culpables de lo particular a lo general). Son aquellos que no buscan igualdad (igualdad ante la ley entre LGTBI y heterosexuales), sino revancha y ánimos de superioridad.
Es por ello que los lobbies LGTBI no dudan en introducir demandas de todo tipo en la agenda política, recibiendo subvenciones y marcando el camino de la hegemonía cultural al resto de la población. Algunos de esos lobbies no dudan en llegar a la altura de imponer una ideología de género, en clave marxista, por la cual todo heterosexual es opresor y todo LGTBI es oprimido. Esto conduce a la radicalización de las masas y a reproducir consignas del tipo “¡muerte al hetero!”, o que se critique la presencia de actores políticos y sociales (de los que el relato coloca en la parte de los ‘opresores’) en las manifestaciones del Orgullo, como ha ocurrido estos días con algunos dirigentes del Partido Popular.
Tampoco es de orgullo las contradicciones que cometen tantas y tantas manifestaciones LGTBI. Hablo de aquellos que llevan una bandera arco iris con el símbolo comunista (los regímenes comunistas se han caracterizado por la persecución de homosexuales, en especial desde la llegada de Stalin al poder en la URSS, pero también Mao, Pol Pot, la Revolución Cubana, etc.). Hablo de aquellos que llevan una bandera arco iris con una camiseta del Che Guevara (“el trabajo os hará hombres” era el lema de los campos de concentración - UMAP: Unidades Militares de Ayuda a la Producción - para homosexuales que organizó el sanguinario revolucionario en Cuba). Y hablo, por supuesto, de aquellos que llevan una bandera arco iris y una bandera de Palestina (ignorando por completo que en Palestina, al igual que en el mundo musulmán, no ser heterosexual está castigado, incluso con la muerte, colgando en grúas o tirando desde lo alto de un edificio a todos aquellos que no siguen la orientación sexual marcada por el islam).
Queda mucho camino por delante para llevar la pedagogía sobre libertad sexual a aquellos países en los que se sigue castigando a los LGTBI. Dicha libertad que apoyo y defiendo. Quienes buscan la libertad sexual y la igualdad ante la ley me tendrán a su lado.
Pero no me tendrán con ellos quienes que el movimiento LGTBI goce de privilegios y oriente el pensamiento en colegios, medios de comunicación, etc. Aquellos que quieren impregnar por la fuerza a toda la sociedad de una visión espuria de ésta. Los que utilizan la retórica marxista para hacer culpables a todos los heterosexuales de algo que no tienen culpa. Los que se apropian del movimiento desde posiciones de izquierdas. Esos no me tendrán al lado, sino en frente, y eso no me hace homófobo ni ‘LGTBIfobo’. Avisados quedan.

* Publicado en La Razón

sábado, 17 de junio de 2017

Más empresarios, menos políticos

La función empresarial, desde un punto de vista liberal, es la acción de una persona o un conjunto de personas voluntariamente coordinadas, para modificar el presente (y por tanto el futuro) y conseguir unos objetivos. Según el profesor Huerta de Soto, el sentido de empresa como acción está necesaria e inexorablemente unido a una actitud emprendedora, que consiste en intentar continuamente buscar, descubrir, crear o darse cuenta de nuevos fines y medios.
La función empresarial se expone en su máximo esplendor en un mercado libre, sin conexiones políticas e independencia de la política y la economía. En dicho mercado libre las normas están establecidas de antemano: vida, libertad y propiedad del prójimoSin estas tres condiciones no hay mercado y función empresarial en un ámbito de libre comercio. Y es en el propio mercado libre donde florece en mayor medida la innovación y el emprendimiento.
Los descubrimientos e inventos que han tenido lugar a lo largo de la historia han sido consecuencia de la acción humana: investigación y desarrollo para mejorar las condiciones de vida. Por ejemplo, en la revolución industrial, la mecanización del trabajo telar, la expansión fabril, etc. hizo que se liberara fuerza de trabajo humana y que buena parte de ésta pasara al cuidado de la familia, al ocio, etc.
Hay dos mitos sobre la función empresarial y el mercado muy presentes hoy en día. El primero de ellos nos dice que el mercado es anti social. El segundo tiene que ver con el egoísmo del empresario. Pues bien, el mercado no es anti social: gracias al libre mercado y su globalización, el número de pobres no ha dejado de caer en los últimos siglos, más aún en las últimas décadas y cualquier persona puede alcanzar cotas de riqueza que en sociedades preindustriales solo estaban reservadas a los herederos de los monarcas y a sus más cercanas compañías. Por otro lado, un empresario es egoísta, sí, porque quiere progresar, pero no es una noción de egoísmo a las que estamos acostumbrados y de la que habla el mito, pues no se cierran en ellos mismos. Una empresa crece más cuanto mejor sirva a los demás, es decir, a los clientes y consumidores (derrumbando aquí también el mito anti social). Ese egoísmo e interés en sí mismo es que el que hace servir mejor a los demás (“no es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”, Adam Smith).
Por otro lado, el mundo de la política tiene como objetivo ganar votos y ganar elecciones, aspirar a gobernar. Es por ello que las normas cambian en función de los intereses partidistas. En la política no hay garantizado ni vida, ni libertad ni mucho menos propiedad. En la política, al contrario que en una empresa en un mercado libre, existen incentivos perversos para progresar gracias al poder de quien legisla. Es por ello que la corrupción campa a sus anchas en un sistema político donde el poder de políticos y burócratas se expande.
¿Cuáles son las sociedades que más prosperan? Las que tienen en primer plano la función empresarial, el respeto por las reglas del juego, la libertad económica y el capitalismo. Aquellas sociedades, por el contrario, que aspiran a la expansión de la política, del Estado, dirigir desde la economía desde la planificación central, son aquellas sociedades que fracasan. Es por ello que necesitamos más empresarios y menos políticos. Necesitamos acabar con los mitos de la empresa y el capitalismo y desmontar la benevolente visión que algunos tienen de la política.

* Publicado en La Razón