sábado, 17 de junio de 2017

Más empresarios, menos políticos

La función empresarial, desde un punto de vista liberal, es la acción de una persona o un conjunto de personas voluntariamente coordinadas, para modificar el presente (y por tanto el futuro) y conseguir unos objetivos. Según el profesor Huerta de Soto, el sentido de empresa como acción está necesaria e inexorablemente unido a una actitud emprendedora, que consiste en intentar continuamente buscar, descubrir, crear o darse cuenta de nuevos fines y medios.
La función empresarial se expone en su máximo esplendor en un mercado libre, sin conexiones políticas e independencia de la política y la economía. En dicho mercado libre las normas están establecidas de antemano: vida, libertad y propiedad del prójimoSin estas tres condiciones no hay mercado y función empresarial en un ámbito de libre comercio. Y es en el propio mercado libre donde florece en mayor medida la innovación y el emprendimiento.
Los descubrimientos e inventos que han tenido lugar a lo largo de la historia han sido consecuencia de la acción humana: investigación y desarrollo para mejorar las condiciones de vida. Por ejemplo, en la revolución industrial, la mecanización del trabajo telar, la expansión fabril, etc. hizo que se liberara fuerza de trabajo humana y que buena parte de ésta pasara al cuidado de la familia, al ocio, etc.
Hay dos mitos sobre la función empresarial y el mercado muy presentes hoy en día. El primero de ellos nos dice que el mercado es anti social. El segundo tiene que ver con el egoísmo del empresario. Pues bien, el mercado no es anti social: gracias al libre mercado y su globalización, el número de pobres no ha dejado de caer en los últimos siglos, más aún en las últimas décadas y cualquier persona puede alcanzar cotas de riqueza que en sociedades preindustriales solo estaban reservadas a los herederos de los monarcas y a sus más cercanas compañías. Por otro lado, un empresario es egoísta, sí, porque quiere progresar, pero no es una noción de egoísmo a las que estamos acostumbrados y de la que habla el mito, pues no se cierran en ellos mismos. Una empresa crece más cuanto mejor sirva a los demás, es decir, a los clientes y consumidores (derrumbando aquí también el mito anti social). Ese egoísmo e interés en sí mismo es que el que hace servir mejor a los demás (“no es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”, Adam Smith).
Por otro lado, el mundo de la política tiene como objetivo ganar votos y ganar elecciones, aspirar a gobernar. Es por ello que las normas cambian en función de los intereses partidistas. En la política no hay garantizado ni vida, ni libertad ni mucho menos propiedad. En la política, al contrario que en una empresa en un mercado libre, existen incentivos perversos para progresar gracias al poder de quien legisla. Es por ello que la corrupción campa a sus anchas en un sistema político donde el poder de políticos y burócratas se expande.
¿Cuáles son las sociedades que más prosperan? Las que tienen en primer plano la función empresarial, el respeto por las reglas del juego, la libertad económica y el capitalismo. Aquellas sociedades, por el contrario, que aspiran a la expansión de la política, del Estado, dirigir desde la economía desde la planificación central, son aquellas sociedades que fracasan. Es por ello que necesitamos más empresarios y menos políticos. Necesitamos acabar con los mitos de la empresa y el capitalismo y desmontar la benevolente visión que algunos tienen de la política.

* Publicado en La Razón

jueves, 15 de junio de 2017

El euro del Banco Popular

No saber de algo no es grave, tiene solución y se puede poner remedio. Pero alardear de ser ignorante en algún tema sí es peligroso, porque además de reflejar la propia ignorancia, haces gala de una prepotencia y soberbia propia de quienes se creen saber de todo sin tener idea.

Hace unos días se producía la adquisición del Banco Popular por parte del Banco Santander por la cifra simbólica de 1€. En seguida todos los ignorantes (que en España sobran) empezaron a quejarse por dicha cifra, desde Alberto Garzón hasta Monedero, pasando por tuiteros y columnas de periodistas conocidos en el mundo de la izquierda. Todos ahondaban el mismo error: Banco Santander había gastado un euro. Y más propaganda digna de los anticapitalistas que hacen del discurso su piedra angular para intentar cambiar la realidad.

La realidad, obviamente, es bien diferente. Banco Santander no ha gastado un euro en comprar Banco Popular. Quien sepa algo, lo básico, de Contabilidad, sabrá lo que estoy diciendo.

Activo y pasivo

La ecuación de balance de toda empresa tiene dos componentes, activo y pasivo (éste se divide en dos: pasivo exigible y patrimonio neto). El activo representa la estructura económica y el pasivo representa la estructura financiera.

La adquisición del Banco Popular lleva consigo los activos y pasivos de dicha entidad. Según la valoración del BCE, el Popular vale entre -2.000 y -8.000 millones, y el Banco Santander plantea provisionar cerca de 8.000 millones. Es aquí donde se comete el fallo de creer que el Banco Popular ha costado un euro, pasando por alto la ampliación de capital para hacer frente al problemático balance del Popular.

De hecho, si el Banco Popular ha “costado” 1€ es precisamente por sus problemas y todas las deudas que tiene detrás, además de activos improductivos. Si fuera un banco saneado, como en su momento lo fue, su precio de venta hubiera sido mucho más alto. Hay que recordar que el Banco Popular llegó a valer casi 20.000 millones de euros hace una década.

Precio de compra y precio de adquisición

Otro fallo que cometen los que dicen que el Banco Popular le ha costado 1€ al Banco Santander es no diferenciar entre precio de compra y precio de adquisición. Un euro es el precio de compra (Banco Popular pasa a manos del Santander por dicha cantidad).

Bien diferente es el precio de adquisición (sumando al precio de compra los gastos adicionales relacionados con dicha compra). Por ejemplo, comprar un coche por 25.000€ es el precio de compra. El precio de adquisición será la suma de 25.000€ más los gastos en el impuesto de matriculación (IEDMT), impuesto de circulación (IVTM), gasolina, seguro, etc.

En el caso del Banco Popular ocurre lo mismo. El precio de compra ha sido 1€, pero el precio de adquisición serán todos aquellos gastos que haga el Banco Santander para sanear el balance que ahora está en su posesión. Repito que el valor del Popular, según el BCE, se encuentra entre -2.000 y -8.000 millones de euros. Cantidades de las que tendrá que responder en adelante el Banco Santander. Por tanto, el precio de adquisición no será solo 1€.

Por tanto, aquellos que mienten (seguramente en su intención de seguir con el discurso del capitalismo y neoliberalismo “criminales) quedan en ridículo diciendo que el Banco Popular ha costado 1€. Es por ello que hay que contar la verdad y dejar en evidencia a aquellos que hacen de la propaganda, la mentira y la manipulación su modo de vida política. No conocen otra cosa y seguirán por este camino. Debemos estar en frente, contar la verdad y hacerles ver que hay gente que no cae en sus trampas. 

martes, 13 de junio de 2017

¿La emergencia social era esto?

La candidatura de Ahora Madrid que se presentó hace dos años a las elecciones municipales en la capital española abanderó durante la campaña electoral la necesidad de un gobierno municipal que cambiara el trayecto del ayuntamiento madrileño, durante muchas legislaturas en manos de la ‘casta’ del PP, hacia una política de rescate de la gente y acabar con la pobreza y desigualdad alarmante, decían, que padecían multitud de madrileños.
Dos años después vemos que Ahora Madrid no ha mejorado en nada al PP: caos con la contaminación y la prohibición de algunos coches de circular por la M-30; tasa de paro mayor que la Comunidad de Madrid; incumplimiento de promesas electorales como la no bajada de sueldo de la alcaldesa Manuela Carmena y su equipo de gobierno; polémicas como que las madres limpien los colegios; o los altercados públicos de algunos concejales, como Celia Mayer, Guillermo Zapata, Rita Maestre o Mauricio Valiente.
Todo parece indicar que la emergencia social no era para tanto (algunos avisábamos de que solo era una técnica electoral) y el ayuntamiento de Madrid se dedica a hacer tonterías. Prueba de ello, los semáforos con figuras homosexuales y transexuales, y la normativa sobre “manspreading”, consistente en evitar que los hombres vayan con las piernas abiertas en el transporte público, ya que lo ven como un símbolo de represión hacia la mujer y una falta de comportamiento cívico. Una tontería más.
Medidas como estas son las que demuestran que Ahora Madrid, más que gobernar y hacer más fácil la vida de la gente, reduciendo la intervención municipal, se propone ser protagonista con cualquier cosa, que se hable de ellos. Han demostrado que no había emergencia social con la pobreza y desigualdad de la que tanto hablaban hace dos años, pues no gobiernan para ello, sino para el espectáculo y el circo.
No es de extrañar la encuesta de Nc Report que publicaba LA RAZÓN hace unos días, según la cual solo el 26% de los madrileños dice que la ciudad está mejor desde que gobierna Manuela Carmena, por más del 60% que dice que está igual o peor en este periodo de tiempo. Quedan otros dos años de legislatura por delante y todo parece indicar que la seriedad y la sensatez seguirán brillando por su ausencia. Viendo que la emergencia social era cambiar semáforos y evitar el “despatarre” masculino, todo invita a pensar en ello.

* Publicado en La Razón

viernes, 2 de junio de 2017

Marchas de la Dignidad: por las cadenas del Estado

Un año más la manifestación conocida como “Marchas de la Dignidad” han acudido a la capital española para protestar contra el Gobierno de Mariano Rajoy, los recortes, los bajos salarios, la pérdida de derechos de los trabajadores; en definitiva, protestar por lo que llaman el sistema neoliberal.
¿Qué tiene de digno anular la esencia del individuo y dejarse controlar aún más por las cadenas del Estado? Movimientos sociales de este tipo, encabezados por el 15M, han desvirtuado la función del Estado, haciéndonos creer que somos como niños pequeños, que no nos valemos por nosotros mismos y el propio Estado, como si fuera nuestro padre, tiene la obligación de dar todo lo que se le pida. No es de extrañar, pues, el lema de estas Marchas de la Dignidad: “Pan, Techo, Trabajo e Igualdad”. Es decir, debe ser el Estado quien provea todos los ámbitos para alcanzar lo que ellos llaman un modelo digno de vida.
Es por ello que no dudan en manipular el lenguaje, la realidad y mentir para sacar adelante sus objetivos. Uno de los temas presentes en estos movimientos sociales es la recuperación de la política democrática (abandonada, dicen, en el poder económico neoliberal). La realidad es bien diferente: ha sido el Estado quien ha crecido ocupando posiciones de la sociedad y el mercado y ha usurpado derechos y libertades de los ciudadanos, superando incluso lo moralmente admisible (nunca antes hubo un nivel de gasto público, impuestos, regulaciones, leyes, etc. tan alto); y sí, parece que el poder económico abarca prácticamente todo, pero es en connivencia con el poder político, por lo que no se puede relacionar con el liberalismo (lo llaman neoliberalismo de forma peyorativa), puesto que éste promulga todo lo contrario: la separación de la política y la economía y la limitación de los ámbitos de actuación del Estado.
Las Marchas de la Dignidad son un claro ejemplo del síndrome de Estocolmo hacia el Estado del Bienestar, y es que pese a que éste no cumple sus objetivos, muchos lo defienden aunque les haga mal. Y al igual que ocurre en el citado síndrome, los defensores del Estado del Bienestar también muestran miedo e ira hacia aquellos que quieran liberarles de la carga del ‘secuestro’, es decir, las políticas liberales, de empoderamiento individual y cooperación humana.
Quienes defienden estas ideas no han aprendido del pasado, ni del presente. Algunos con banderas comunistas, otros con banderas de Venezuela e incluso algunos con banderas de Corea del Norte. Sin lugar a dudas, la dignidad que defienden estas personas va por el camino de las cadenas del Estado y la anulación como individuos (no decidir nada sobre sus vidas por ellos mismos y hacer todo colectivo, ordenado desde arriba) y utilizar los medios coactivos del Estado para sus objetivos, bajo una manta de intervención total que acaba siempre de la misma forma: con menos pan, menos techo, menos trabajo y más igualdad, pero en la miseria. Cuando todo eso ocurre, se le echa la culpa a factores externos, a políticas que no se han aplicado (de nuevo el neoliberalismo), pero nunca hacen autocrítica ni reconocen la realidad.

* Publicado en La Razón

sábado, 27 de mayo de 2017

Militancia, sí; electorado, no

Sí, queridos lectores, Pedro Sánchez ha ganado las primarias del PSOE. Ha vuelto a ser elegido Secretario General por la militancia socialista. Tenemos ante nosotros un nuevo episodio del circulo vicioso de la política española en los últimos años, en los que no termina de pasar nada nuevo y, aunque haya episodios novedosos, parece que ya hemos vivido todo esto, en un aroma a día de la marmota que llevamos soportando bastante tiempo.
Muchos análisis dicen que la elección de Pedro Sánchez confirma la infantilización de la militancia del PSOE; pero es en realidad la falta de una opción nueva, renovadora, la que confirma dicha infantilización, comenzada en época de Zapatero. Los tres candidatos son consolidados en la historia del partido y de los dos con opciones de ganar, fuera quien fuera, Pedro o Susana, la desunión era la etiqueta descriptiva. Sánchez tiene en contra a los socialistas moderados, desencantados con el acercamiento a la extrema izquierda. Díaz tiene en contra a los socialistas que van en contra del aparato del partido, representado por los dos ex presidentes del Gobierno socialistas, Felipe González y Rodríguez Zapatero; junto a los que estuvieron en contra de la abstención para facilitar la investidura de Mariano Rajoy.
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Es por ello que el trabajo que tiene Pedro Sánchez por delante no es nada sencillo ni breve. A priori, tiene que llevar a cabo la unión del partido en torno a su figura, junto a la recuperación socialista por organizar y articular una candidatura creíble y ganadora de cara a las próximas elecciones generales. Ahí es donde ha patinado en sus dos últimas candidaturas a presidente del Gobierno, consiguiendo bajar de 100 escaños, algo que no le ocurría al PSOE desde principios del siglo XX.
Y eso es algo que el secretario general del PSOE debe tener en cuenta. Las elecciones generales no han sido, ni mucho menos, su terreno más fértil. Si el partido socialista y Pedro Sánchez siguen sin conectar con la sociedad, Podemos se frota las manos y el tan mencionado adelanto electoral sí será realidad en la próxima cita electoral. Si no fuera por esta amenaza que representa Podemos, estaría encantado de que el PSOE siguiera cayendo. Pero es precisamente Podemos lo que hace que el PSOE tenga que defender una socialdemocracia moderada, alejada del populismo, que agregue en vez de dividir y que dispute el Gobierno de España con el Partido Popular. Si Pedro Sánchez sigue por el mismo camino, tropezará por enésima vez con la misma piedra y llevará al PSOE al onanismo político. Y es que, encerrarse en la militancia, si no tienes el apoyo electoral, no sirve de nada.

* Publicado en La Razón

sábado, 20 de mayo de 2017

¿Fuera empresas de la Universidad?

Es habitual encontrar pancartas colgadas de fachadas de universidades españolas. El lema, casi siempre el mismo: “fuera empresas de la Universidad”; dicho lema insiste en la necesidad, según dicen los colectivos afines a esta protesta, siempre anticapitalistas, de una educación enfocada a una economía social y no a los mercados.
Estamos ante un doble fallo de definición. Lo que llaman “economía social” no es más que vivir del sistema, vivir del Estado, de lo público, a base de enchufes o subvenciones, es decir, como auténticos parásitos de la sociedad. Una economía social es aquella que hace prosperar a una sociedad, en armonía y cooperación humana. Precisamente algo que no ha conseguido ninguno de los sistemas económicos anticapitalistas en las variedades de aplicación a lo largo de los últimos 200 años. Como demuestra la historia, la economía de mercado es la única que ha conseguido hacer prosperar a las sociedades donde se ha aplicado, mal que les pese a algunos.
Otro fallo de definición lo encontramos en “mercado”. Cualquier postura anticapitalista suele definir el mercado como el ámbito en el que se mueven los especuladores, las fuerzas que hacen que los ricos sean más ricos mientras los pobres siguen empobreciéndose. Nada de lo que ocurre en realidad. El mercado somos tú y yoSomos cada uno de nosotros. Rechazar la economía de libre mercado es querer vivir bajo cadenas, encadenados por el ente que controle la economía, llámese Estado, Banco Central, o como quieran. Y eso de social no tiene nada. Se evita cualquier incentivo al progreso y al desarrollo social.
Si queremos una sociedad que prospere, una economía social, no solo no que hay echar a las empresas de la Universidad, sino que necesitamos más cooperación entre empresas y centros universitarios. Las empresas, al fin y al cabo, son las que demandan trabajo, y deben ser un tentáculo de las universidades, para formar a los alumnos de cara a un mejor trabajo, y aprendizaje que de verdad sirva para el día de mañana (mejorar la oferta de trabajo en consonancia con lo que se demanda).
Todo ello, por supuesto, bajo un modelo de libre enseñanza y competencia entre universidades. Aquellos que quieran su economía antisocial disfrazada de economía social, que acudan a una universidad alejada de la realidad. El día de mañana, quiénes tendrían salarios más altos, mejores condiciones laborales y, en definitiva, mejor capital humano, ¿universidades que ignoran a las empresas o las que cuentan con ellas de cara a la formación de los alumnos? No tengo ninguna duda, las empresas son necesarias en el ámbito universitario para que el día de mañana disfrutemos de una sociedad mejor preparada.

* Publicado en La Razón

miércoles, 10 de mayo de 2017

La corrupción no es cuestión de partidos

En la actualidad hay un partido político que centra todas las miradas sobre corrupción, el Partido Popular. Es verdad que han aflorado en los últimos meses y años multitud de casos de corrupción de dirigentes populares y que eso, a mí particularmente, no me gusta, lo aborrezco. Pero la corrupción no es monopolio del PP, ni es cuestión de partidos, sino de la política en sí, de su poder y su expansión.
Es interesante señalar la amnesia colectiva que padece gran parte de la sociedad española. Ahora solo se habla de la corrupción ‘azul’, la del PP. Ya no se habla de la corrupción catalana a manos de la antigua Convergència, que ha manejado los hilos en Cataluña desde tiempos de Jordi Pujol y Artur Mas, que fue, en este ámbito también, su sucesor. Tampoco parece interesar ya la corrupción del PSOE, donde los ERE siguen acaparando la falta de decencia y dignidad de algunos dirigentes socialistas.
Y esto en cuanto corrupción económica. Pero la corrupción moral también importa en esta vida, y más en la esfera pública. Y si hay un partido que se lleva la palma en este ámbito actualmente es Podemos. Algunos dirigentes podemitas han asesorado al régimen chavista y simpatizan con el movimiento bolivariano. No tenían problema en decirlo en público cuando no eran famosos. Ahora que dependen muchos votos de su comportamiento, ya no lo defienden tanto en público, aunque su simpatía sigue estando presente en ellos. Por no hablar de perseguir la corrupción económica mientras se reúnen, amistan y/o comparten manifestaciones con proetarras y el brazo político de ETA. Esta corrupción moral, presente también en otros partidos, no cabe duda que tiene relación directa con la demagogia, y en eso Podemos se mueve como pez en el agua.
También ayuda a la sensación de que hay más corrupción el trato hacia un imputado o investigado. Se le suele tratar, tanto política como mediáticamente, como si ya hubiera sido condenado. Es algo que no tiene claro buena parte de la sociedad: un imputado no es un condenado, no se ha probado todavía que sea corrupto; por muchas evidencias que haya para pensarlo, hay que dejar hacer su trabajo a los tribunales.
Como he dicho antes, la corrupción no depende de los partidos. Es algo inherente a la política y su poder de expansión. A más ámbitos de decisión que tengan los políticos, más corrupción. A más poder discrecional, más corrupción. Como se puede desprender del Índice de Percepción de la Corrupción, que realiza cada año Transparencia Internacional, aquellos países con Estados más grandes y menos respeto por las libertades individuales son los países con mayor percepción de corrupción. También hay otro factor a tener en cuenta: la rendición de cuentas. Cuanto menos tenga que rendir cuentas un político ante los ciudadanos, más corrupción habrá.
Por mucho que Podemos y los partidos mal llamados “regeneracionistas” digan querer acabar con la corrupción, en realidad lo que les preocupa es el reparto de la corrupción. Podemos y el resto de partidos así etiquetados también tomarían las redes políticas que ofrece el Estado para utilizarlas a su favor.
Dejemos el BOE en manos de Podemos, dejemos que aumente su poder político y verán el resultado. Como su espejo político Hugo Chávez, el cual también quería acabar con la corrupción bipartidista en Venezuela. Ya ven ahora las consecuencias del régimen que él empezó en el país sudamericano.
Decía Lord Acton que “el poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente”. Por tanto, debe quedar claro que la corrupción no es cuestión de un partido u otro, sino que es inherente a la política, un vicio innato en ella, que se hace más grande cuanto más grande sea el poder y la expansión de la política propiamente dicha. Por ello, si quieres que haya menos corrupción, se debe defender la reducción de ámbitos de decisión discrecional de cualquier político, de cualquier partido y de cualquier administración pública.

*Publicado en La Razón

viernes, 5 de mayo de 2017

Por qué Turquía no es una democracia a pesar de las urnas

A lo largo de la historia política nos hemos encontrado multitud de personas que piensan que una democracia consiste solo en votar. Así, si la soberanía popular decide algo, se debe hacer tal, pues el “pueblo” así lo ha determinado. Es la democracia como poder del pueblo estricto, que solo consiste en elecciones y otros métodos de la soberanía popular. Un caso actual es el «socialismo del siglo XXI» que tenemos presente en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua, por ejemplo. Estos socialistas, que poco difieren de los del siglo XX, toman como eje principal de su mandato la soberanía del “pueblo”, que los ha elegido, y ello les da, según el Chávez, Maduro o Correa de turno, legitimidad para hacer y deshacer a su antojo.
Pero la democracia no es solo votar y ni tan siquiera votar constituye un elemento democrático per se. A la hora de votar debe haber libertad y pluralidad de opciones (elecciones libres y plurales). Si se vota bajo coacción, cambiando las reglas del juego, o no hay pluralidad política, dicha votación no es democrática.
Como digo, la democracia no es solo votar. Hay más elementos que hacen de un sistema político que sea democrático. Una democracia también se caracteriza por la pluralidad y diversidad de opiniones. Por el respeto a la ‘minoría’. Sin diversidad ni respeto a la ‘minoría’ no hay democracia, sino tiranía de la mayoría (en sentido figurado, puesto que la tiranía es de una persona). Es por ello que hay elementos que entran en juego para que esto no ocurra. Por ejemplo, la división y separación de poderes, bajo la cual el poder judicial actúa como poder contramayoritario (para impedir el abuso de la mayoría y el salto de la ley).
Otros elementos fundamentales para que haya democracia es la libertad de expresión, la libertad de prensa (pluralidad de medios de comunicación e información) y la libertad de culto, como han desarrollado diversos politólogos de la talla de Giovanni Sartori, Juan Linz o Robert A. Dahl (quien introdujo el concepto de ‘poliarquía’, en referencia a lo que solemos llamar ‘democracia’), y otras figuras como Alexis de Tocqueville.
El pasado 16 de abril Turquía acudió a las urnas para decidir un referéndum planteado por el actual presidente, Recep Tayyip Erdogan. Dicho referéndum trataba una reforma constitucional por la cual se amplían los poderes ejecutivos del presidente. Entre las reformas, estarían, básicamente: la eliminación de la figura de primer ministro, otorgando al presidente sus funciones (se unen la jefatura de gobierno y la jefatura de Estado); todo el poder ejecutivo recaerá, por tanto, en la figura del presidente turco. El dominio del gobierno sobre las Fuerzas Armadas. El presidente podrá dictar decretos con fuerza de ley, algo que está actualmente reservado a estados de emergencia (como el que vive Turquía en la actualidad). Por otro lado, la intromisión del presidente en el poder judicial, con el control del Consejo Superior de Jueces y Fiscales y del Tribunal Constitucional. Un ejemplo: Erdogan podrá nombrar a 6 de los 13 miembros de dicho Consejo, mientras que los restantes los nombrará el parlamento, que si lo domina el partido del presidente, le asegura un control total sobre los jueces y tribunales. En definitiva, una reforma constitucional que amplía el poder de Erdogan y cercena todavía más la poca democracia que ha ido dejando en estos años.
En Turquía hay elecciones, sí. En Turquía votan. Pero en alguna ocasión, como denuncia la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) sobre el propio referéndum, sin garantías de haber sido una elección con el marco legal adecuado, esto es, contando votos reglamentarios, respetando el resultado y no cambiando la voluntad popular al antojo de Erdogan. Del mismo modo, la OSCE ha denunciado varias veces irregularidades en la campaña electoral, como la falta de transparencia en la financiación o el fraude electoral.
Si acudimos al índice sobre democracia que realiza The Economist, Turquía no sale demasiado bien parada. Ocupa la posición 97 (sobre 167 países) con una puntuación de apenas 5 sobre 10 (en la categoría de ‘régimen híbrido’, lejos de las categorías de ‘democracia defectuosa’ y ‘democracia plena’).
Acudiendo a Freedom House podemos tener una idea más clara de lo que es Turquía en relación con los derechos políticos y las libertades civiles. El resultado agregado ya desprende un profundo ambiente contrario a la libertad, alcanzando tan solo 38 puntos sobre 100 (donde 0 es ‘el menos libre’ y 100 ‘el más libre’). Por otro lado, sin sorpresas, el informe refleja el aumento del poder de Erdogan y la progresiva pérdida de libertades respecto al año anterior. En todos los ámbitos que mide Freedom House ha perdido puntuación respecto a 2016: procesos electorales, pluralismo político, gobernanza, libertad de expresión y culto (Erdogan está cambiando una Turquía laica por una Turquía islámica), libertad de asociación, imperio de la ley y autonomía personal.
Por tanto, en Turquía no hay democracia, pese a que haya urnas, debido a la poca seguridad que tenemos que sean elecciones libres y plurales. Por otro lado, un país que no alcanza una posición considerable en ningún ránking sobre democracia y libertades civiles y políticas. Desde la llegada de Erdogan, Turquía ha ido ampliando su déficit democrático. Con el resultado del referéndum, por el cual el presidente ampliará sus poderes, no me cabe la menor duda de que se irá ahondando el problema. Una vez más, un ejemplo de que votar no constituye per se una democracia, si no va acompañado de mecanismos como los que he descrito en este artículo.

sábado, 29 de abril de 2017

La jeta de Irene Montero... y de Pablo Iglesias

Llegaba el martes por la noche y un vídeo de Podemos corría como la pólvora por las redes sociales. En él, se podía ver a una Irene Montero (nº2 de Podemos) indignada. El motivo, una supuesta censura de la Cadena Ser hacia ella, que no le dejó participar en el debate radiofónico ‘Hora 25’, presentado y dirigido por la periodista Àngels Barceló.
En realidad, lo que ocurrió fue que Irene Montero no estaba invitada. Ni más ni menos. Como contó la directora del programa, son ellos los que invitan, en función de los temas a debate. Y el invitado de Podemos siempre fue Íñigo Errejón, desde hace 3 años, incluso antes de tener representación parlamentaria, al igual que el invitado de Ciudadanos.
Los que hablan de vetos se equivocan. Lo mismo para los que hablan de censura. La Cadena Ser, como empresa privada, invita a quien quiera a sus programas de radio; no a los que se presenten allí por amor al arte. Podemos tiene poder de decisión sobre Errejón, pero no sobre el medio de comunicación. Eso lo sabe cualquiera, menos los que buscan cualquier motivo para hacerse las víctimas, los perseguidos, como hace constantemente Podemos, que hace de la infantilización la base de su acción política, tanto parlamentaria como extraparlamentaria.
Y luego está Pablo Iglesias, quien defiende a su nº2, como es obvio, pero demostrando ambos una gran jeta e hipocresía. Hablan de censura mientras ellos mismos hablaban, con razón, de que en La Tuerka y en Fort Apache los invitados los eligen ellos. ¿No pueden entender que en La Ser es exactamente igual? No creo que sean tontos, es pura estrategia política para seguir dividiendo y polarizando, pintando a algunos medios de comunicación como tentáculos de “la trama”, mientras ellos se presentan como los puros e inmaculados, censurados por el régimen por miedo, etc.
Pero desde Podemos no se dan cuenta de que en esta ocasión tiene efecto nulo. Por dos razones: el día que se debería hablar de Esperanza Aguirre, Ignacio González, Jordi Pujol Ferrusola, etc. se habla del ridículo de Irene Montero. Por otra parte, solo los hooligan de Podemos defienden la posición de Montero e Iglesias (la versión de que son censurados). Las redes sociales se han llenado de comentarios críticos, gran parte de gente que se siente representado por el partido morado, para reprocharles que en esta ocasión no llevan razón y para echarles en cara haber apartado a Errejón de ‘Hora 25’.
Irene Montero, no estás invitada. Prueba otro día.

* Publicado en La Razón

sábado, 8 de abril de 2017

La ciencia política según Giovanni Sartori

El pasado 3 de abril (aunque la noticia se supo el 4) nos dejó uno de los mejores politólogos contemporáneos, maestro de la teoría de la democracia y los sistemas de partidos políticos. Nos dejó Giovanni Sartori a los 92 años. Casi todos ellos dedicados a la ciencia política, disciplina a la que identificaba como “la renacida”, por el cambio de enfoque que tuvo lugar en ella a partir de la década de 1950.
Para el maestro florentino la ciencia política tuvo un antes y un después a dicha década. Durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, estábamos ante una disciplina “dominada por los enfoques jurídicos e históricos”. Fue a partir de la década de los 50 cuando se empezó a emplear un enfoque de investigación (él mismo se considera un fundador de dicho enfoque, junto a politólogos de la talla de Juan Linz Stein Rokkan, entre otros).
Pero no todos aceptaron este enfoque, o mejor dicho, la calificación de “ciencia política”. Los británicos siempre han preferido utilizar la etiqueta de “estudios políticos” o “estudios de gobierno”. Para Sartori esto tiene lugar por tres detalles: la utilización de un lenguaje ordinario, no separar la investigación narrativa de la cognitiva; en base a lo anterior, la no utilización de un lenguaje ‘especializado’; y, por último, la ausencia de bases metodológicas ad hoc, es decir, la ciencia política no genera una metodología autóctona para reflexionar y explicar la realidad política, por lo que se vuelve en sí misma una copia de paradigmas dominantes.

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¿Qué debe ser, pues, la ciencia política? Giovanni Sartori asemeja la ciencia política a las ciencias económicas, a las cuales denomina su modelo, pese a haber diferencias metodológicas, por lo que, en palabras del propio Sartori, “los economistas lo tienen más fácil”. Firme defensor de la ciencia política, creyó que se había elegido un modelo equivocado, fracasando en el establecimiento de su propia identidad por no determinar una metodología propia, pero no metodología entendida como técnicas de investigación y procesamiento estadístico, sino como el ‘método del logos’, es decir, una forma de pensamiento.
Por otro lado, Sartori era un crítico de la ciencia política dominante a partir de los años 50 por no llevar a cabo la confrontación entre teoría y práctica (ciencia política normativa y ciencia política empírica), por lo que la calificaba de “ciencia inútil”, de no saber “cómo hacerlo” y excederse en la teoría, en la parte pura de toda ciencia.
Es por ello, que en la hora de su muerte, además de homenajearle (el mejor homenaje es comprar sus libros y leerle, como bien dice el politólogo Fernando Vallespín), debemos tener en cuenta, para hacer grande a la ciencia política (también debatir interna y externamente y mejorar aquello en lo que no estemos de acuerdo con el genio florentino).
Yo, como politólogo, quería aprovechar estas líneas para escribir sobre algo diferente a lo que podemos encontrar estos días sobre el politólogo italiano. Casi siempre sobre sus libros sobre democracia y partidos políticos, sus valores democráticos y la defensa de la civilización occidental. Su postura sobre la ciencia política es algo diferente y de mucha importancia para los que estamos en esta disciplina.
Descansa en paz, maestro.

*Publicado en La Razón