jueves, 13 de octubre de 2016

¿Nobel de la Paz?

El Nobel de la Paz 2016 ya tiene dueño: el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos. El Acuerdo de La Habana, rechazado por el pueblo colombiano en el plebiscito del 2 de octubre, ha conseguido que el Comité del Nobel terminara por fallar a favor del mandatario colombiano.
Este premio es una vergüenza. Como explicaba en estas mismas líneas hace una semana, la paz es otra cosa, no el acuerdo rechazado en plebiscito. Debe haber garantías de paz, es decir, la plena disolución de las FARC-EP, la entrega de las armas, la colaboración con la Justicia y la indemnización a todas y cada una de las víctimas. En el Acuerdo de La Habana no hay garantías de paz, solamente unas palabras de los terroristas de querer poner fin a su actividad armada, colaboración del presidente Santos de por medio, para pasar a una especie de impunidad y participación política mediante mecanismos antidemocráticos, como la asignación de escaños sin necesidad de tener los votos necesarios para ello.
Como digo, este premio es una vergüenza, y el motivo mucho más. Según el propio Comité, Juan Manuel Santos ha realizado grandes esfuerzos para finalizar la guerra civil que dura más de 50 años. ¿Guerra civil? En Colombia no ha habido una guerra, sino la acción terrorista de un grupo que ha sembrado de odio y terror Colombia durante 52 años.
Esto nos lleva al falso relato que no dejo de escuchar entre los partidarios del ‘sí’: aquellos que votaron ‘no’ quieren que continúe la “guerra” y serían los culpables de una hipotética vuelta a la acción violenta de las FARC-EP. Como bien dice el profesor Rogelio Alonso, «la coacción que se ha ejercido desde medios políticos y periodísticos -no solo en Colombia, sino también en España- al transferir la responsabilidad por la continuidad de la violencia a aquellos ciudadanos que legítimamente dudan de la conveniencia del Acuerdo, exonerando así a los verdaderos responsables del terror: las FARC».
Que no engañen. La paz no se conseguirá con el Acuerdo de La Habana [bien rechazado por el pueblo colombiano]. El Nobel de la Paz no responde a tal. Juan Manuel Santos ha querido entregar poder político y (más) económico a los terroristas. Los que han votado ‘no’, quieren una paz de verdad, no impunidad y entrega a los terroristas; siguiendo con las palabras de Rogelio Alonso, «el loable objetivo del final de la violencia exige huir del pensamiento dicotómico que descalifica como “enemigos de la paz” y propagadores de odio y rencor a quienes legítimamente discrepan de determinados métodos como los que han salido derrotados en el plebiscito». Que algunos se lo apunten.

* Publicado en La Razón

jueves, 6 de octubre de 2016

Colombia: la paz es otra cosa

Este domingo se votó en Colombia el plebiscito sobre el Acuerdo entre el Gobierno y las FARC-EP (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo), por el cual, y una vez que la guerrilla ha cesado su actividad armada, se pondrían una serie de cesiones a los terroristas sobre la mesa, que los colombianos han rechazado. Eso sí, por poco margen: el ‘no’ ganó con el 50.22% de los votos, por el 49.77% que cosechó la opción del ‘sí’. Hay que resaltar la alta abstención en esta histórica votación: tan solo votó el 37.4% del censo.
Pese a que muchos han insistido en esa idea, el domingo no se votó sobre la paz o continuar la guerra, básicamente porque en Colombia no ha habido guerra, sino un grupo terrorista. Lo que se sometía a plebiscito era blanquear la imagen de las FARC-EP, una especie de impunidad que incluía la participación política de estos criminales, llegando a asegurar escaños sin necesidad de que fueran votados. Un disparate en toda regla y un atentado hacia la democracia, que aquellos que se cuelgan carteles de “demócratas” ni han rechistado. Qué casualidad.
Como bien dice el ex presidente colombiano Álvaro Uribe, «la paz es ilusionante, pero los Acuerdos de La Habana son decepcionantes»; puesto que dichos acuerdos pretendían borrar, de alguna manera, de la “memoria colectiva” (algo que no existe, pero que gusta mucho entre colectivistas) los años sangrientos de las FARC-EP.
La paz es otra cosa, no el acuerdo que rechazó el pueblo colombiano. Las FARC-EP deben mostrar verdadero arrepentimiento, entregar todas las armas que aún tengan, colaborar con la Justicia en los crímenes que queden por resolver, dar luz en la ‘oscuridad de la guerrilla terrorista’ y, por supuesto, resarcir a todas y cada una de las víctimas.
Y para participar en política, desde un lado demonizar estos 50 años de actividad terrorista por sus propios integrantes y simpatizantes, y desde otro lado, que la sociedad civil colombiana no olvide estas 5 décadas de sangre y terror, ni la ideología de dichos terroristas: el marxismo-leninismo, fuente de pobreza, sangre y falta de libertades allá donde se han implantado (no es casualidad que siempre desde la violencia, como han pretendido durante este tiempo las FARC-EP) en cualquiera que sea el Estado, desde la URSS hasta Cuba, pasando por la RDA.

La Memoria y la Dignidad [como debe ocurrir con ETA en España] debe venir desde la Justicia, no desde un acuerdo político en vistas de dotar de impunidad y querer borrar la historia desde el órgano encargado de contar la “verdad oficial”, el Estado; como sucede con las leyes de “memoria histórica”. Y la paz, por tanto, debe pasar por una rendición y entrega de los terroristas, no desde la impunidad y el olvido.

* Publicado en La Razón

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Ciudadanos: centrismo, centralismo y candidatos pocos conocidos

Las encuestas no sonreían demasiado a C’s en sus opciones de entrar en los parlamentos autonómicos de Galicia y el País Vasco, y esta vez no fallaron. El partido naranja no tendrá representación en ninguno de los dos parlamentos.

En este artículo pretendo hacer un análisis de por qué C’s no ha entrado en ninguna cámara regional. En Galicia creo que la causa es el centrismo, dentro de una autonomía que ha polarizado el discurso derecha-izquierda, además del éxito de Feijóo. Por su parte, en el País Vasco, el centralismo de C’s ha castigado sus opciones electorales. Y tampoco ha sabido atraer a los no nacionalistas, que siguen depositando la papeleta de Elkarrekin Podemos, PSOE, PP o se abstienen.

Galicia: centrismo y fortaleza del PP
En la autonomía gallega, a la luz de los resultados electorales, y como ya decían las encuestas, no había lugar para el centro político. Se iba a votar (y así ha sido) a la derecha o a la izquierda. Los propios votantes de C’s (en las generales) dudaban entre este partido, PP y PSOE como los principales destinos de su voto.

Por otro lado, C’s es un partido que allá donde ha conseguido buenos resultados, sus votos provenían en mayor medida del desencanto hacia el PP. En Galicia no ha ocurrido nada de eso y el PP ha afianzado su mayoría absoluta, cerrando un posible nido de votos hacia C’s.

Otro dato interesante es que los votantes de C’s en Galicia ven con buenos ojos al PP, en mayor medida que incluso a C’s. Según el CIS, en voto + simpatía, los votantes de C’s escogían al PP en un 33.6%, mientras que elegían a C’s en un 28.4%. Si algo queda claro viendo estos datos es que C’s, que se ha nutrido de votantes del PP (y del PSOE) en anteriores elecciones, en Galicia no lo ha conseguido.

Siguiendo con el CIS, otra pregunta que nos refleja la simpatía de los votantes de C’s hacia el PP es la relacionada con la posibilidad de votar o no a dicho partido, siendo 0 “con toda seguridad, no lo votaría nunca” y 10 “con toda seguridad, lo votaría siempre”. Aquellos que votaron a C’s en las generales, puntúan un 5.41 hacia el PP, mucho más que el resto de votantes. Por su lado, los votantes del PP puntúan solo un 4.3 a C’s.

El PP ha conseguido aumentar el número de votos y los mismos escaños (41, mayoría absoluta). C’s, por su parte, no ha logrado escaños. La causa: el centro político no ha tenido cabida en esta ocasión, en buena medida porque el PP ha reforzado su posición y el electorado de izquierdas no iba a votar a C’s, como demuestran los resultados.

País Vasco: centralismo no es buena estrategia electoral
En la autonomía vasca, el problema para C’s ha sido su centralismo. El País Vasco es una autonomía con una sociedad que se siente cómoda en el autogobierno, en la que un discurso como el de C’s no tiene cabida.

Son dos cuestiones básicas las que hacen que C’s no sea atractivo en el País Vasco. Una es su postura sobre el concierto económico vasco. La otra, las diputaciones. Dichas cuestiones son muy respetadas por la sociedad vasca y todo partido que quiera tener éxito debe respetarlas. C’s, nada más y nada menos, quiere eliminar tanto el concierto económico como las diputaciones, haciendo muy difícil que sea una opción política a tener en cuenta en esta comunidad autónoma.

El Euskobarómetro de mayo de 2015 preguntaba por el acuerdo o desacuerdo con quienes proponen la sustitución del sistema de concierto por el modelo de financiación autonómica común, obteniendo un claro rechazo mayoritario (58%), tanto entre nacionalistas (71%) como no nacionalistas (49%).

Por otro lado, el electorado no nacionalista ya está en manos de Elkarrekin Podemos, PP y PSOE, por lo que C’s tiene poco que atraer, también en esta ocasión.

Algo común: candidatos poco conocidos
Hay otro factor que ayuda a los malos resultados cosechados por C’s en Galicia y el País Vasco: los candidatos no eran conocidos. Según el CIS, la candidata por Galicia (Cristina Losada) era desconocida por el 68.1%; incluso entre los propios votantes de C’s (62%). Lo mismo ha ocurrido con el candidato del País Vasco, Nicolás de Miguel, desconocido por el electorado vasco en un 84%; y un 81.3% entre los propios votantes de su partido.

Por tanto, estos son los problemas que auguraban malos resultados para C’s en estas elecciones, como así ha ocurrido. Centrismo en Galicia sin poder atraer a electorado del PP. Centralismo en el País Vasco, una sociedad que no ve con malos ojos el autogobierno. Si a eso le añades unos candidatos que no son conocidos, tienes el resultado: 0 escaños en ambos parlamentos. 

jueves, 22 de septiembre de 2016

Proceso de investidura en el Parlamento Vasco: un ejemplo para el Congreso de los Diputados

Este domingo hay elecciones autonómicas en Galicia y en el País Vasco. Dos elecciones puestas en clave para intentar, dicen, desbloquear la investidura del gobierno central, según sean los resultados que coseche el PSOE.
Un bloqueo que no puede darse en el Parlamento Vasco. Según el Reglamento de dicho Parlamento, “en la votación pública por llamamiento para la investidura, cuando hubiera más de un candidato a lehendakari, los parlamentarios, al ser llamados para la votación pública nominal, responderán con el nombre de uno de los candidatos, o bien declararán que se abstienen” [Artículo 165, punto 11]; por lo que no se puede votar en contra del candidato o candidatos que se presentan a la investidura.

Resultado de imagen de parlamento vasco

Es un parlamentarismo por el buen camino, que “obliga” a acuerdos y pactos, ya sean de investidura o de gobierno, si uno de los candidatos quiere asegurarse la mayoría absoluta en la votación (esto también ocurre a nivel nacional). Por otro lado, se reduce al mínimo la estrategia de algunos partidos, que entienden el parlamentarismo como un mecanismo que expulse de la posibilidad de formar gobierno al partido que ha ganado las elecciones, aunque para ello haya que pactar con varios partidos, con un único fin: evitar que gobierne el partido más votado [si no es de su agrado; como ocurre con el PSOE y su rechazo al PP en la actualidad].
De diez legislaturas, en siete ha habido acuerdos de gobierno y solo en dos no ha liderado el Ejecutivo la fuerza más votada (José Antonio Ardanza [PNV] en 1986 y el socialista Patxi López en 2009). En 2012, a Íñigo Urkullu le bastó con 27 de los 75 escaños, muchos menos de la mayoría, para solventar sin problemas la investidura.
La actividad parlamentaria, una vez que hay gobierno autonómico, es igual que en cualquier parlamento, entrando con normalidad el ‘no’ a la hora de votar los presupuestos autonómicos y otras leyes y enmiendas.
Acabar con el bloqueo político que padecemos en España a nivel nacional y evitar que se repita más veces tiene algunas soluciones. Una de ellas podría ser esta, copiando el proceso de investidura del Parlamento del País Vasco y que la solución vaya más hacia que gobierne el partido más votado suprimiendo el ‘no’ en la votación de investidura [ayudado por un multipartidismo con partidos divergentes] y no hacia bloqueos y elecciones sucesivas porque el resultado no guste y no haya capacidad de acción y negociación entre los diferentes líderes y partidos políticos.

* Publicado en La Razón

jueves, 15 de septiembre de 2016

Diada: manipulación, radicalización y odio

Un año más se celebró la Diada en Cataluña. Una fiesta autonómica que debería ser para todos los catalanes, pero que en los últimos años se ha secuestrado por parte de los partidos que tienen como objetivo la independencia de Cataluña, los nacionalistas convertidos en independentistas. La Diada debería ser un día de unión de todos los catalanes, pero dicha fiesta se ha convertido en la extrema exaltación de la identidad catalana. Bueno, eso se suele pensar, pero la realidad es bien diferente.
En realidad, en estos años, la Diada se ha convertido en la exaltación del odio hacia lo ‘español’ (los independentistas lo son, aunque crean que no) y el beneplácito hacia todo aquel que camine con una ‘estelada’ al cuello (o propaganda independentista), aunque esa persona no tenga nada que ver con Cataluña, ya que lo que importa no es la identidad catalana y resaltar lo ‘catalán’, como se suele pensar, sino simplemente que se apoye la causa independentista, cayendo en una doble visión, según interese.
La manipulación de la Diada en manos de los independentistas surge al confundir adrede lo que ocurrió en 1714, en el contexto de la Guerra de Sucesión. Los independentistas hacen creer que fue una batalla entre Cataluña (que resistió más tiempo que otros que también apoyaron al archiduque Carlos) y el resto de España, ya en manos de Felipe V. La realidad es que fue una guerra entre los partidarios de ambos aspirantes a la Corona, pero no entre Cataluña y España. Como bien decía Luis Suárez hace unos días en las páginas de LA RAZÓN, “no se trataba de defender la independencia del Principado [de Cataluña], sino de ajustar las estructuras políticas de la Monarquía a las necesidades del cambio en Europa”; básicamente que “en 1714 no se hallaba en juego ninguna pretensión de independencia sino el modelo a adoptar por la nueva Monarquía”.
Unido a la caída de apoyos electorales a los partidos que llevan en su agenda la desconexión con el resto de España, este año también se ha producido una caída en la asistencia a los actos de la Diada. Pese a caer, a priori, el apoyo independentista, hay que tener cuidado, pues demuestran ser cada vez más radicales, avivados por la facción más radical de Podemos y ERC, junto a los anticapitalistas de la CUP, que son los que más exponen sus planes de desobediencia al resto del Estado a partir de la radicalidad y el extremismo.
Queda claro que el camino del independentismo catalán, mientras siga en manos de la extrema izquierda de ERC, la CUP y si se suma Podemos, será la mentira, el adoctrinamiento, la manipulación histórica y el odio hacia el resto de España. Por otro lado, el pensar que la independencia solucionaría todo tipo de problemas ipso facto, a golpe de varita mágica, con políticas anticapitalistas, que doblegaría a los catalanes bajo un yugo mayor que la supuesta «opresión del Estado español». De locos.

* Publicado en La Razón

lunes, 12 de septiembre de 2016

Hugo Chávez en la gran pantalla: el mito en el populismo

A pesar de que Venezuela está inmersa en una gran crisis, también económica, como consecuencia de las medidas populistas e intervencionistas llevadas a cabo por Chávez y Maduro, el régimen bolivariano financiará una película (y una serie) sobre la vida de Hugo Chávez.
Esto responde sencillamente a uno de los objetivos de todo populismo: la creación de un discurso modificando la realidad, la creación de mitos y la posterior identificación del «pueblo» con ese discurso-mito, como por ejemplo, llamar a Chávez el “salvador de la Patria”.
Este tipo de mecanismos, que responden a la emoción, no son nuevos en Venezuela. Durante el mandato de Hugo Chávez comenzó lo que se conoce como «hegemonía comunicacional», que no es otra cosa que adaptar los medios de comunicación a la causa populista y manejarlos al antojo desde el Poder para crear la verdad oficial, el mito. Lo explica Marcelino Bisbal en uno de los capítulos de Saldo en rojo, un libro que desarrolla el proceso de cambio en los massmedia y demás tipos de comunicación en la Venezuela chavista: «la hegemonía comunicacional no es una opción; es una obligación para la viabilidad del modelo [chavista]». Para que este tipo de hegemonía tenga éxito hay que controlar los medios, llegando incluso a cerrar los que tengan una línea diferente a la del régimen, mostrando un carácter totalitario al pretender someter a la población a una ideología particular y a una sola visión del mundo restringiendo cualquier manifestación libre del pensamiento que contraríe la verdad oficial.
La «hegemonía comunicacional», siguiendo a Bisbal, se caracteriza por querer implantar un nuevo “orden comunicacional” a través de una fuerte intervención del Estado en los medios de comunicación, hegemonía en el discurso, exclusión de actores políticos y sociales en los medios gubernamentales, una fuerte legislación que limita la libertad de expresión, eliminación de la disidencia comunicacional, cierre de fuentes informativas, generación de mecanismos de censura y autocensura, intimidación y agresión a medios y periodistas, etc. En definitiva, el nuevo “orden comunicacional” debe seguir lo dictado por el régimen, sin haber cabida a opiniones e informaciones diferentes.
Una película sobre la vida de Hugo Chávez financiada desde el régimen responde, por tanto, a esa «hegemonía comunicacional» y a la continuación del mito. Y más en un país donde la libertad de expresión y la libertad de prensa brillan por su ausencia.
Nicolás Maduro ha dicho que “no va a venir una transnacional a desfigurar a nuestro Hugo Chávez”. La realidad es que la desfiguración se lleva a cabo con películas de este tipo, cuyo objetivo es mostrar una cara irreal del mandatario bolivariano, manteniendo el mito, que es arropado todavía por parte de los venezolanos. Otros, en cambio, ya han superado la figura mitificada del ‘Comandante’ y luchan contra el régimen con la verdad por delante.

* Publicado en La Razón

lunes, 29 de agosto de 2016

Sobre la deuda pública

Hace unos días conocíamos un nuevo récord de la deuda pública en España, que ya pasó la barrera del 100% del PIB en el primer cuatrimestre de 2016. La deuda pública española se sitúa en estos momentos en el 100,9% del PIB (1,107 billones de euros).
El Estado debe la misma cantidad de dinero que genera. La senda de unas políticas de gasto irresponsables que nos han traído hasta aquí y que siempre se pueden agravar más si seguimos por el mismo camino. Algunos hablan de «austeridad», pero la realidad es bien diferente. España se ha acostumbrado a gastar más de lo ingresado, negando cualquier austeridad, por pequeña que pudiera ser.
Este gran aumento de la deuda pública se viene dando desde el comienzo de la crisis. Así, en 2007 se situaba en el 35% del PIB. En casi 9 años la deuda pública española ha aumentado en más de 650.000 millones de euros. Desde algunos sectores, que casualmente coincide con aquellos que no dejan de repetir que la austeridad ha mermado el Estado del Bienestar y que hay que poner fin a los recortes, no se ha dejado de repetir que el aumento de la deuda pública es consecuencia del rescate a las cajas de ahorros. Nada más lejos de la realidad.
Dicho rescate costó alrededor de 60.000 millones de euros, según el Tribunal de Cuentas y el Banco de España. La deuda ha aumentado alrededor de 11 veces más que la cuantía del rescate, por lo que no se puede afirmar que el aumento de la deuda pública haya sido consecuencia exclusivamente del rescate a las cajas de ahorros. Rescate que, por otro lado, no tiene nada que ver con el liberalismo y la austeridad, otro de los mitos más escuchados en estos años.
La causa del aumento de la deuda pública se llama déficit público, como consecuencia de un gasto público desbocado en los años de la burbuja y posteriores. El gasto público creció sobremanera hasta 2009, momento en el cual se produjeron una serie de pequeños recortes (pequeños en comparación con el aumento del gasto previo). Mientras tanto, los ingresos seguían por la misma línea, entre el 35 y el 38 por ciento del PIB, incurriendo año tras año en un déficit público, el cual tampoco tiene un horizonte claro, ni mucho menos de llegar a una situación de superávit. Y claro, el déficit se paga. De ahí el aumento de la deuda pública. Nada de austeridad ni rescate a las cajas de ahorros, que se fueron al garete por su politización, no se olviden.

* Publicado en La Razón

domingo, 21 de agosto de 2016

El trilema del PSOE

Después de varios días sin conocer el camino que iría tomando la investidura, ya podemos ir conociendo algunos datos más certeros y hacernos una ligera idea de por dónde nos andamos en estos momentos.
Finalmente Mariano Rajoy ha aceptado las 6 condiciones de Ciudadanos para negociar la investidura, 7 si contamos con que había que fijar sí o sí una fecha de investidura, que pusiera en funcionamiento la contrarreloj hacia el camino de un gobierno o terceras elecciones. Dicho debate de investidura con Rajoy como candidato a la presidencia del Gobierno comenzará el 30 de agosto, como ha informado la presidenta del Congreso de los Diputados, Ana Pastor.
Y en esto, el camino del PSOE parece un poco dividido en cuanto a las opciones que tiene en sus manos sobre el futuro gubernamental o electoral.
Opción 1: abstención
El PSOE podría abstenerse en la investidura de Mariano Rajoy, que sería investido con los votos a favor del PP y la abstención de PSOE y C’s (que podría virar hacia el ‘sí’, opción completamente rechazada en estos momentos por Rivera y los suyos).
En esta situación, el PSOE reconocería los resultados electorales y la brecha aumentada por el PP respecto a diciembre. Sería la opción sensata del desbloqueo político.
Opción 2: terceras elecciones
La segunda opción que tiene entre manos el Partido Socialista es mantener la posición actual, el ‘no’ a Rajoy y al PP en general. Las cuentas así no salen, Rajoy no sería investido y el bloqueo seguiría presente. Por este camino estaríamos abocados a las terceras elecciones generales en un año, que se celebrarían el día de Navidad.
Opción 3: gobierno con Unidos Podemos
Hay una tercera opción que podrían manejar Pedro Sánchez y compañía en torno a la investidura. La posibilidad de intentar un gobierno de la mano de Unidos Podemos (opción que gusta y mucho a Pablo Iglesias) junto al apoyo en la investidura de partidos independentistas, como ERC y la antigua Convergència.
En un artículo anterior recomendé al PSOE que tomara la opción 1, es la menos mala para ellos. He oído a muchos decir que esta opción no puede ser posible, ya que el centro izquierda no puede permitir la investidura del centro derecha (algo que chirría demasiado en mis oídos). En una situación excepcional como la actual, con dos elecciones generales en 6 meses y la amenaza de las terceras, abstenerse sería desbloquear la situación y reconocer que el PP ha ganado las elecciones de junio con un margen mayor que en diciembre. Abstenerse no tiene nada que ver con apoyar al PP, ni tampoco con perder la condición de primer partido de la oposición, como también he escuchado estas semanas. El PSOE se debería abstener en condición de desbloqueo y lectura de las urnas, al mismo tiempo que debería encabezar una oposición firme al Gobierno del PP. No son condiciones antagónicas.
La opción 2, por su parte, sería todo lo contrario a la 1. La imagen del PSOE sería la de un partido que no acepta los resultados electorales, sectario (enrocado en el “no porque no”), que juega con el voto de los españoles y que les dice a éstos: “te has equivocado, vayamos a las urnas de nuevo”.
Unas terceras elecciones serían toda una incógnita para el PSOE en cuanto a resultados, pero está claro que sería una nueva oportunidad de «sorpasso» para Unidos Podemos y, a su vez, otra ocasión de que el PP pudiera abrir más brecha entre los escaños de uno y otro partido. Y todos sabemos quién sería visto como culpable de unas terceras elecciones, por lo que a priori, sería perjudicial para los socialistas, unido al hastío electoral y al menor interés por la política del electorado del PSOE.
Por su parte, la tercera opción sería una tumba política para el PSOE. Pactar con independentistas, que quieren romper con España, sería mal visto por la mayoría del electorado del PSOE. Además, el PSOE no podría dar respuesta a las demandas de ERC y Convergència (un referéndum de independencia), ya que necesitaría del PP para llevar adelante una reforma de la Constitución. Y en eso están los partidos catalanes: hoja de ruta de separación de España; no hay más.
Este es el trilema que tiene entre manos el PSOE. De ellos depende el futuro en estos meses. Es obvio que son tres opciones que pueden ser vistas de manera negativa por muchos socialistas, pero creo que la sensatez y reconocer lo que la gente ha votado debe estar por encima de las batallas parlamentarias – ideológicas.
Una vez comience la legislatura con un gobierno formado, que comience también esa batalla y la oposición al PP. Pero el paso previo debe ser la sensatez y no el sectarismo, y en estos momentos el PSOE sigue el camino del “no es no porque no” antes de reconocer que perdieron y que solo el PP aumentó votos y escaños respecto a diciembre. Si fuerzan terceras elecciones generales, se produce el «sorpasso» y/o el PP abre más brecha y se acerca a la mayoría absoluta, que no se quejen después.

viernes, 12 de agosto de 2016

Los españoles quieren más impuestos

Este lunes salía a la luz el último barómetro del CIS. En él se conocían una serie de datos sobre la opinión general de los españoles sobre impuestos, además de las típicas preguntas sobre intención directa de voto y todo lo que tiene que ver con el tema electoral.
La mayoría de los españoles piensa que se destinan pocos recursos económicos a políticas como sanidad, educación, desempleo, pensiones, vivienda, I+D, cooperación al desarrollo, cultura, dependencia y medio ambiente. Es por ello que en una escala del 0 al 10, en la que 0 significa “mejorar servicios públicos aunque haya que pagar más impuestos” y 10 “pagar menos impuestos aunque haya que reducir servicios públicos” se producen los siguientes resultados: en la parte del 0 al 5 se encontraría, aproximadamente, un 70% de la población. Es decir, 7 de cada 10 españoles prefiere subidas de impuestos si eso repercute en mejores servicios públicos y prestaciones. Todo sea dicho, no hay profundas diferencias entre los electorados de los diferentes partidos políticos. El electorado del partido más a la derecha, el PP, se sitúa en el 4.21 mientras que el electorado del partido más a la izquierda, Podemos, se situaría en el 3.56 (todos en el margen de subir impuestos).
Por otro lado, hasta un 50% prefiere que los impuestos sean recaudados de forma directa, es decir, sobre renta, patrimonio, etc. que indirectamente, como el IVA (17%). Esto nos lleva a conectar con la pregunta sobre si los impuestos se pagan progresivamente (que paguen más los que más ganen), en los que la inmensa mayoría, hasta un 86.6% de los españoles, cree que no hay progresividad a la hora de pagar impuestos.
A la luz de los datos del CIS, está claro que se ha impuesto en la sociedad española la idea de que los impuestos son buenos y de que cuantos más paguemos, más prestaciones públicas tendremos. Por otro lado, algo que no me sorprende en absoluto, la inmensa mayoría cae en la «falacia del proveedor único», ya que parece que solo ven con buenos ojos que sean las Administraciones Públicas las que se encarguen de todo tipo de servicios y prestaciones.
Impera en la sociedad española la creencia de que los impuestos son necesarios para el correcto desarrollo de la vida diaria de las personas y que deberían pagar más los que más tienen, cayendo en la trampa de políticos demagogos y populistas, que hacen creer que hay ricos porque hay pobres, es decir, que unos ganan porque otros pierden (la falacia de la economía como juego de suma cero). Sin duda, es una prueba más de la infantilización de la sociedad, como un niño pequeño que deja toda su responsabilidad en manos de sus padres.
Aunque no deberíamos olvidar que los impuestos se pagan de manera coactiva al Estado, que utiliza la violencia en caso de no pagarlosY que hay multitud de servicios que los presta mejor y más barato el sector privado (sobre todo en un mercado libre), que es el que está en contacto con los consumidores; y no los políticos y burócratas desde sus despachos y oficinas.

(*) Publicado en La Razón

miércoles, 10 de agosto de 2016

¿Eso es el capitalismo?

El otro día leí un artículo de Joaquín Sánchez sobre el capitalismo. La idea de fondo está clara: culpar al capitalismo de todos los males que padecemos en España y en el mundo entero, al mismo estilo de los que demonizan al «neoliberalismo» como peyorativo de liberalismo, como si los Estados no fueran cada vez más grandes y no hubiera más regulaciones e impuestos.

El problema es que el autor del artículo confunde constantemente qué es el capitalismo, no sé si aposta o por desconocimiento. A continuación iré citando por partes y tratando de explicar lo que en realidad es el capitalismo, que no es malo y que los países que lo abrazan con más ímpetu prosperan más, mucho más.

“Que se hayan recapitalizado los bancos con el dinero público, cantidades ingentes, eso es el capitalismo”. Para empezar no se han recapitalizado bancos, sino cajas de ahorros, contraladas por políticos, es decir, poderes públicos. Por otro lado, capitalismo no es privatizar beneficios y socializar pérdidas. El capitalismo se caracteriza por privatizar tanto beneficios como pérdidas. Aquellas empresas que sean rescatadas con dinero público responde simplemente a un compadreo entre Estados y empresarios (empresaurios, como los llama la politóloga Gloria Álvarez), para evitar tener que responder ante los consumidores y que no haya competencia, mediante impuestos arancelarios, por ejemplo. El capitalismo se caracteriza por la libre competencia, sin favores políticos, respondiendo simple y llanamente a la oferta y a la demanda y servir satisfactoriamente a los consumidores.

“Que se haya empobrecido a la gente a la pobreza, a la miseria, al hambre para satisfacer las deudas de los grandes inversores y financieros, como si fuéramos los culpables, eso es el capitalismo”. Tres cuartas partes de lo mismo. Si hay que satisfacer las deudas de inversores y financieros desde los poderes públicos, no es capitalismo, sino estatismo y compadreo entre Estado y empresaurios.

El capitalismo no empobrece a la gente ni la condena a la miseria ni al hambre, eso lo hace el socialismo, algo que el autor no menciona ni tan siquiera una vez. Hay hambre y pobreza en Cuba y Venezuela, entre otros países, no en Suiza o Canadá, por ejemplo.

“Promover guerras, fomentando las ventas de armas, para controlar los recursos naturales y controlar zonas geoestratégicas, eso es el capitalismo. La guerra y el terrorismo son las dos caras de la misma moneda, eso es el capitalismo”. Hace bien el autor del artículo, por lo que parece, en leer a Lenin y su libro Imperialismo: la fase superior del capitalismo, pero como el líder bolchevique, se equivoca de pleno. Las guerras no las hacen las empresas privadas. Las hacen los Estados, como bien analiza el politólogo Charles Tilly: “la guerra hizo al Estado y el Estado hizo la guerra”. Las guerras no las hace el capitalismo. El terrorismo tampoco es capitalismo. Laissez-faire se caracteriza por la ausencia de coacción y violencia. Por tanto, la violencia no la hace el capitalismo, sino aquellos grupos sociales que quieren imponer algo a los demás, más cercanos a ideologías idolatradoras del Estado, que nada tienen que ver con liberalismo ni capitalismo.

El trabajo precario, eventual, sin condiciones decentes ni dignas, con un salario de miseria, sin cotizar prácticamente, eso es el capitalismo”. Vuelve a errar el autor, relacionando capitalismo con trabajo precario y salarios bajos. Las economías más libres tienen unos ingresos per cápita más altos. Las economías más libres tienen tasas de desempleo más bajas, casi con pleno empleo todas ellas. Lo que condena a la gente al paro y a salarios bajos son los impuestos, las cotizaciones a la Seguridad Social y el salario mínimo (que condena a jóvenes y menos preparados al paro, como barrera de entrada que es); es decir, regular más el mercado laboral. Justo lo que quiere hacer el autor del artículo, ¡qué cosas!

“La corrupción política (…) eso es el capitalismo”. La política no tiene nada que ver con el capitalismo. De hecho, los teóricos pro-capitalismo han remarcado una y otra vez que desconfían de ella, de los intereses ocultos que hay en ella. La corrupción tiene más que ver con regímenes anticapitalistas, como muestra año a año Transparency International en su clasificación de la corrupción. La corrupción va de la mano del poder como coacción, no del poder como logro de objetivos personales (diferencia que remarcó muy bien el austriaco Hayek: “el poder en sí, es decir, la capacidad de obtener lo que uno quiera, no es malo; lo malo es el poder de usar la coacción, el forzar a otros hombres a servir la voluntad propia mediante la amenaza de hacerles daño”). Y esa coacción se da en mayor cuantía en países que abrazan ideas antiliberales, no capitalistas. Aquellos que quieren utilizar la coacción del Estado para fines personales. ¿Qué coacción puede utilizar una empresa privada en el libre mercado?

“Participar en los procesos electorales como una tapadera de los intereses personales y del propio afán de poder, eso es el capitalismo”. Participar en los procesos electorales no es malo. Lo malo es hacerlo con vistas de enriquecerse personalmente y hacer más coactivos los poderes del Estado que puedas tener a tu alcance. Y eso tampoco es capitalismo. Aquellos que quieren manejar el Estado a sus anchas mediante la política no son capitalistas. Si lo fueran, producirían y no saquearían. Utilizarían el intercambio voluntario y no la fuerza y la coacción.

“Convertir todo en un mero negocio, privatizando los servicios públicos y esenciales como son la sanidad y la educación, eso es el capitalismo”. Mientras, el autor del artículo quiere convertir todo en privilegios, que pagan unos y disfrutan otros. Nuevamente, se demoniza un significante como es “privatizar”, como si fuera malo per se, cayendo continuamente en la “falacia del proveedor único”, a la que se refiere el economista Carlos Rodríguez Braun como la “falacia del Estado que está”, que consiste en pensar que algunas actividades solo pueden ser provistas por el Estado; pues eso, una falacia.

Además, los capitalistas queremos privatizar y liberalizar sanidad, educación y demás servicios públicos, algo que siempre “olvidan” aquellos que quieren hacer del Estado un monstruo aún más grande. Es normal, ellos quieren controlarlo todo y no dejar libertad de elección ni de decisión a los individuos. Nos quieren infantiles (el papá siempre decide por su hijo pequeño) y es importante saberlo.

“Destruir el medio ambiente por ganancias rápidas, eso es el capitalismo”. Como en todo el artículo, Joaquín Sánchez relaciona capitalismo con cosas que no tienen que ver con él. ¿Sabrá el autor del artículo que aquellos países con economías más libres, que abrazan en mayor medida el capitalismo, son los líderes en el Índice de Desempeño Ambiental? ¿Quiénes cierran esa clasificación? Efectivamente, los modelos económicos que más poder dan al Estado, más anticapitalistas. ¡Qué casualidad!

En definitiva, el artículo de Joaquín Sánchez no tiene ninguna base teórica, al confundir continuamente capitalismo con mercantilismo y compadreo de Estados y empresas. Y tampoco tiene evidencia empírica, ya que es demostrable que los países capitalistas, o si quieren, menos anticapitalistas, son aquellos que más progresan, con salarios más altos, tasa de desempleo más baja, sin salario mínimo en la mayoría de ellos, con poca corrupción y encabezando también la calidad del medio ambiente.

Es un artículo que cuesta leer ante tanta falacia. Pero bueno, la propaganda y la falta de análisis crítico son características del anticapitalismo, por lo que en el fondo no me sorprende que haya gente que demonice de esta forma al capitalismo sin ningún tipo de pudor.

Yo lo tengo claro, y espero haberlo expresado de la misma manera en este artículo de réplica. A lo que se refiere Joaquín Sánchez no es el capitalismo. Eso no lo es.